Un mareo, un dolor inesperado o un cansancio inusual pueden despertar preguntas y temores. Ante los primeros síntomas, la búsqueda de respuestas médicas se entrelaza con una reflexión sobre la vulnerabilidad humana, el apoyo de los demás y la esperanza que ofrece la fe.

Por P. Fernando Pascual

Empiezan síntomas antes no experimentados: un cansancio mayor al levantarse, el inicio de un mareo, cierto dolor en el codo izquierdo, un zumbido extraño en el oído derecho.

Ante los primeros síntomas de una posible enfermedad, intentamos comprender qué está pasando. ¿Será una mala postura? ¿Será la presión alta? ¿Será una señal de estrés? ¿Será el inicio de ese tumor que ya ha afectado a algún familiar?

No solo nos preguntamos a nosotros mismos, sino que buscamos respuestas en algún médico conocido, o en un familiar, o en alguien que ha pasado por situaciones parecidas.

En el mundo digital, lanzamos las preguntas a los buscadores y, sobre todo, a alguna plataforma de inteligencia artificial (lo cual a veces tiene sus riesgos). Ponemos la lista de síntomas, exploramos algunas enfermedades para ver si algo coincide con lo que hemos empezado a experimentar.

Junto a la búsqueda por encuadrar lo que ocurre, aparecen temores. ¿Es algo fácil de solucionar? ¿Durará poco? ¿Tendré que interrumpir tareas que considero importantes en mi vida? ¿Cómo reaccionarán en casa y en el trabajo?

Para muchos, lo que más duele es la incertidumbre. Incluso tras una primera consulta con el médico, la situación no siempre se aclara. Iniciamos entonces un proceso de análisis de los que esperamos luz y un poco de paz.

Ante los primeros síntomas, además, podemos reconocer esa vulnerabilidad que caracteriza toda existencia humana, incluso la de quienes parecen siempre sanos y enérgicos: las enfermedades y los accidentes nos amenazan a todos.

Reconocer esa vulnerabilidad nos recuerda que no vivimos aquí eternamente, que el mundo es frágil no solo en las realidades externas, sino en nuestro mismo organismo, complejo en sus equilibrios y expuesto a mil amenazas.

Ya pasó ese mareo que nos detuvo en la cama por varias horas. Las preguntas están ahí, ante la mente y el corazón. Esperamos encontrar ayudas entre personas buenas que se interesan por nosotros, entre médicos y sanitarios que ofrezcan respuestas que tranquilicen.

Sobre todo, esperamos abrir nuestras vidas hacia Dios, que un día nos llamó a la existencia humana, hermosa y frágil, que nos invita a abrir los ojos ante las necesidades de quienes están a nuestro lado, y que nos llena de esperanza al recordarnos que el tiempo, bien aprovechado, es una oportunidad que nos prepara para una vida eterna e iluminada por el amor divino.

Imagen de Luisella Planeta LOVE PEACE en Pixabay