Por Felipe Monroy – VCNoticias
Ramón Castro Castro, obispo de Cuernavaca, ha presentado su segunda carta pastoral para su territorio diocesano en la cual, a partir de la doctrina social del papa Francisco sobre la paz, la periferia y la reconciliación, instruye criterios pastorales para el ecosistema de violencia de Morelos; también, de la propuesta de unidad cristológica y de inculturación guadalupana de León XIV, recuerda que la religiodidad y piedad popular tienen aspectos verificables de evangelización sólo cuando producen frutos de justicia y de encuentro.
El obispo indica: “La construcción de paz no debe quedar aislada como una actividad más del calendario; necesita atravesar la evangelización, la catequesis, la celebración litúrgica, la formación de agentes, la atención a las familias y la acción misionera”.
La carta pastoral de Castro también actualiza y confirma el mandato del Concilio Vaticano II al proponer un sistema de cinco compromisos verificables, una ruta segura de aplicación y un proceso de evaluación periódica.
El documento retoma de la doctrina universal el llamado al «estado permanente de misión” especialmente en las periferias humanas y existenciales”; y convoca a una Misión Diocesana Permanente como el marco de actitud de ser una “Iglesia en salida” y de la identificación con las periferias que reconoce en la realidad local como la violencia, la incertidumbre y las víctimas.
Dice que la Iglesia pide recuperar la conciencia de que pertenecemos a una misma familia humana y de que la amistad social se construye mediante la cercanía, el diálogo y el compromiso con el bien común: «El papa Francisco recuerda que cada muerte violenta hiere a la humanidad y que la construcción de la paz necesita verdad, justicia y misericordia”.
El obispo retoma de Francisco la búsqueda de reconciliación social, la cual necesita «verdad sobre los hechos, memoria de las víctimas y búsqueda de justicia»; el documento también advierte de forma categórica que el perdón no puede imponerse ni utilizarse para encubrir la impunidad».
El documento mantiene la fidelidad al magisterio pontificio y lo traduce en criterios pastorales para las víctimas de Morelos: no presionar con el perdón, no encubrir crímenes con la reconciliación.
Y explica inspirado en Amoris Laetitia: “el perdón cristiano nunca puede utilizarse para justificar el abuso ni para obligar a una víctima a permanecer en peligro”.
La Carta insiste en varios ejes doctrinales importantes: La paz debe ser atendida como práctica eclesial verificable; el acompañamiento a víctimas es un compromiso pastoral contra la anestesia social; y la contemplación del misterio de la cruz «impide acostumbrarnos al sufrimiento ajeno».
“La cruz revela hasta dónde llega el amor de Dios y pone al descubierto la gravedad de la violencia humana… Desde esta fe, la Iglesia contempla el sufrimiento… Cada una de estas historias merece atención, respeto y acompañamiento”, explica.
En la perspectiva pastoral, el obispo plantea que, en el análisis de la realidad «los datos son necesarios, pero siempre deben ser superados por la escucha»:
A propósito de las estadísticas de violencia y crímenes en la entidad, asegura que «las cifras describen una parte de la realidad pero no sustituyen la escucha de las personas… Para la Iglesia, cada muerte representa una vida irrepetible”
En el corazón del documento se distingue cuáles son las responsabilidades y fronteras del servicio pastoral en medio de la realidad; entre el acompañamiento espiritual, la intervención psicológica y la atención jurídica se pide que no se confundan atribuciones entre ámbitos y se exhorta a “una coordinación responsable entre sacerdotes, laicos preparados y servicios profesionales permite responder con mayor eficacia y reduce el riesgo de improvisaciones”.
Jóvenes y familias, destinarios centrales
La Carta Pastoral exhorta a reconocer y promover el “protagonismo” juvenil que tiene una implicación directa como respuesta a las falsas promesas de pertenencia de los grupos criminales y el engaño de los bienes económicos rápidos y fáciles.
Como pastor de una realidad morelense donde los jóvenes son atraídos o cooptados por la delincuencia o el narcotráfico; Castro apuesta a que los jóvenes sean agentes capaces de construir paz.
El documento también pone en el centro el compromiso de defender la unidad familiar y el bienestar de sus miembros; asegura que ese compromiso «implica, ante todo, defender la vida y la dignidad de cada uno de sus integrantes”, algo que la Iglesia católica asimila y promueve en el espacio público y en la convivencia social.
El servicio de la piedad popular y la inculturación
El documento incluye una reflexión sobre el principio de “inculturación” en la piedad popular –especialmente en la guadalupana–, las peregrinaciones y la religiosidad sencilla de las familias. Se exige que estas expresiones “conduzcan a una fe más profunda, a una participación consciente en la vida eclesial y a un compromiso renovado con quienes padecen injusticias”. En otras palabras, la propuesta de “inculturación” se concreta en el documento como criterio de verificación pastoral de la religiosidad popular morelense: no se trata de eliminar la piedad guadalupana, sino de exigirle frutos de justicia.
Al respecto, también inspirado por el reciente Documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe Venite ad me, Castro plantea: «Nos recuerda que la transmisión de la fe requiere volver al centro del anuncio cristiano: el encuentro con Jesucristo vivo, que se acerca a la persona en su realidad concreta y le ofrece una paz capaz de sostener su existencia».
La Carta Pastoral recibe esta orientación y dimensiona el “encuentro con Cristo vivo” como fuente dinamizadora de la pastoral de paz, no solo como premisa doctrinal. Aunque el documento no desarrolla un plan concreto de “evangelización de adultos”, inserta esta preocupación del Dicasterio en la tarea local de “reconstruir el lenguaje de la fe desde las heridas de la violencia”.
Discernimiento para renovar la acción pastoral
Castro Castro pone especial atención en el ejercicio del discernimiento de la realidad; indica que es insuficiente sólo “leer los signos de los tiempos”, sino que conviene profundizarlo en un procedimiento diocesano concreto: identificar a los más vulnerables, inventariar los recursos de acompañamiento disponibles, evaluar si los ámbitos pastorales existentes (predicación, catequesis, pastoral familiar, pastoral juvenil, acción caritativa) sirven eficazmente a la vida y la paz.
Recuerda que la “íntima unión” de la Iglesia con la comunidad humana implica que la Iglesia local de Cuernavaca no puede “aplicar” el Evangelio desde fuera de la sociedad, sino que discierne las exigencias del Evangelio dentro de las heridas mismas de Morelos.
El documento señala que la construcción de la paz exige atender condiciones sociales que favorecen la exclusión y la desesperanza. Si persiste la falta de oportunidades o el deterioro de los vínculos comunitarios, o la discriminación; sólo la presencia de redes de apoyo pueden reducir la vulnerabilidad de determinadas poblaciones.
Más allá del diagnóstico local
A lo largo del texto, se explica un diagnóstico claro sobre la realidad de la Iglesia local y del Estado de Morelos. La Carta no utiliza el concepto «violencia» como una simple categoría descriptiva sino como el nombramiento de diversas formas de trauma identificables en la sociedad morelense:
“Quienes han perdido a un ser querido necesitan espacios donde su dolor sea reconocido; las familias de personas desaparecidas requieren acompañamiento sostenido y respeto por su búsqueda; quienes han sufrido amenazas o extorsiones pueden experimentar aislamiento y desprotección”, plantea.
Y prosigue: “Los jóvenes de Morelos viven en una realidad marcada por oportunidades desiguales, incertidumbre laboral, dificultades educativas, violencia y, en algunos lugares, la presencia de grupos que intentan atraerlos mediante el dinero, el poder o falsas promesas de pertenencia.”
“Cuando se trata de personas desaparecidas, familias desplazadas, mujeres agredidas o jóvenes afectados por el reclutamiento criminal, la cercanía cristiana exige sensibilidad y prudencia”, dice.
Estas expresiones apuntan a la posición específica de Morelos en la geografía de la violencia en México: desaparición forzada, extorsión, violencia contra las mujeres y reclutamiento de jóvenes por grupos criminales. El documento no abstrae estos fenómenos en un concepto general de “pecado social”, sino que nombra uno por uno los grupos concretos que la pastoral debe atender.
Una Carta Pastoral para una entidad compleja
La Carta Pastoral también hecha mano de datos duros de las instituciones sociales. Recupera las cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía que registró mil 525 defunciones por homicidio en Morelos durante 2024; la tasa bruta correspondiente fue de 77 por cada cien mil habitantes.
Según los datos, Morelos ocupa el segundo lugar nacional en esta crisis de homicidios, solo por detrás de Colima. La cita del documento es precisa y va seguida de una importante delimitación pastoral: “Para la Iglesia, cada muerte representa una vida irrepetible y una comunidad afectada”.
Por ello, recuerda que el Plan de la Iglesia Católica para la Construcción de Paz -publicado por la Conferencia del Episcopado Mexicano en 2018- ya ofrece un antecedente nacional para coordinar esfuerzos pastorales en este ámbito. Así, su aplicación a la realidad diocesana requiere revisar las propuestas concretas del documento y definir prioridades acordes con las capacidades locales.
La “indiferencia” como patología social local
Castro Castro también identifica otro fenómeno contemporáneo nocivo para la paz social: la “indiferencia”, dice, es un problema independiente dentro del ecosistema de la violencia en Morelos:
“Cuando la violencia se vuelve cotidiana, existe el riesgo de considerar inevitable aquello que debería provocar indignación y solidaridad. La repetición de noticias dolorosas puede desgastar la sensibilidad, mientras el miedo lleva a muchas personas a encerrarse en sus espacios inmediatos”.
El documento orientador reflexiona que este aislamiento no sólo provoca pérdida del sentido de pertenencia, sino un fenómeno que el pastor advierte en la entidad: una especie de la anestesia sensorial y el repliegue de la participación de la ciudadanía en el espacio público provocados por la normalización de la violencia.
Por ello plantea que la Iglesia de Morelos está obligada a escuchar y la sociedad le «exige atender a las familias que viven bajo el temor, a quienes buscan a sus seres queridos desaparecidos, a las víctimas de delitos, a las mujeres que padecen violencia y a los jóvenes que enfrentan incertidumbre».
Cinco compromisos diocesanos verificables
En concreto, la Carta Pastoral propone cinco compromisos: escuchar la realidad, formar para la paz, acompañar a quienes sufren, involucrar a familias y jóvenes, evaluar y compartir los frutos.
El valor de estos compromisos no radica en la novedad conceptual (pues cada uno tiene raíces en la doctrina universal), sino en que se formulan como herramientas de gobierno diocesano operativas, asignables y revisables periódicamente. El documento exige incluso para cada compromiso “responsables identificables y mecanismos sencillos de seguimiento”.

