Un mareo inesperado puede interrumpir la rutina y poner en evidencia la fragilidad de la vida. En «Cuando llega un susto», el Padre Fernando Pascual reflexiona sobre cómo esa experiencia invita a la humildad y a valorar el presente, el amor de Dios y a quienes nos acompañan.

Por P. Fernando Pascual

Una vida ordinaria: nos levantamos con un horario fijo, hacemos deporte, desayunamos, vamos al trabajo, leemos, nos conectamos a Internet, respondemos mensajes, colaboramos en la limpieza de la cocina.

Todo sigue una rutina estable. Parece que no hay peligros. De repente, al entrar a una habitación cerrada, sentimos que el suelo se mueve, empiezan a girar las paredes, y un mareo o un vértigo nos asusta con su virulencia imprevista.

Tal vez, después de ese susto, nos reponemos en seguida. Gracias a Dios, no ha sido algo grave. Pero seguramente ese momento nos permitió darnos cuenta de lo frágil que es todo: basta un misterioso mareo para que recordemos que somos vulnerables.

El susto puede ayudarnos a reconocer la caducidad de todo lo humano, pues no tenemos aquí nada seguro. Un día de trabajo o de paseo cambian completamente cuando llega ese susto que no habíamos previsto.

Una experiencia así, además, nos ayuda a recordar el misterio que se encierra en cada instante: lo que había iniciado como algo ordinario y previsible, al final puede llevarnos en pocos segundos a un golpe, incluso a ser internados en el hospital.

Ya ha pasado el peligro. Parece que fue un momento de cansancio pasajero. La vida vuelve a sus raíles. Pero ese momento de susto nos abre a la humildad y nos invita a valorar cada momento presente a la luz de lo único que vale la pena: el amor de Dios y el amor hacia otros seres humanos que nos acompañan en el camino de la vida.

 
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