Dar y recibir perdón puede aliviar rencores y abrir caminos de reconciliación. En esta reflexión el Padre Fernando Pascual aborda el valor del perdón para quien lo ofrece y para quien lo recibe, desde una perspectiva cristiana centrada en la misericordia.

Por P. Fernando Pascual

Se habla, justamente, de la belleza del perdón. Cuando perdonamos, damos gratis lo que antes hemos recibido gratis. Sentimos un gran alivio en el alma. Quitamos un peso en nuestros corazones.

El perdón dado beneficia a quien perdona, al liberarlo de rencores y deseos de venganza que muchas veces producen daños enormes en la propia vida y en la vida de otros.

Pero el perdón tiene una riqueza enorme también para quien lo recibe. Porque el perdonado descubre un gesto maravilloso en quien perdona, porque libra su alma de parte del propio pecado, porque le ayuda a abrirse a un horizonte de rescate y de redención.

Dios nos ha mostrado tantas veces la belleza del perdón recibido. Cuando nos perdona, sentimos paz, alegría, esperanza. Dejamos atrás el peso del pecado. Libramos nuestras almas para orientarlas a la gratitud y al amor.

Igualmente, cuando nos perdonamos unos a otros, según rezamos en el Padrenuestro, regalamos esa experiencia del ser perdonados a otros. Entonces es posible reconstruir puentes y sanas relaciones que pueden haber sufrido durante años por injusticias y daños provocados por quienes nos han herido.

El perdón dado se convierte así en una terapia doble: para quien lo otorga, y para quien lo recibe. No solo porque cura heridas, sino también porque reconstruye puentes y relaciones, sobre todo cuando se ofrece entre familiares.

El mundo sufre por odios y rencores que, por desgracia, se concretan en venganzas y golpes de todo tipo, hasta provocar guerras que pueden durar años y años por falta de justicia y de perdón.

El mundo, en cambio, empieza a curarse cuando aprendemos simplemente a dar y a recibir perdón, porque hemos aprendido lo que es la misericordia gracias a la vida y las enseñanzas de Cristo, que nos manifestó el rostro de Dios Padre y que nos pide ser misericordiosos como lo es nuestro Padre de los cielos (cf. Lc 6,36-37).

 
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