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Alegres en la esperanza

Alegres en la esperanza

Es “muy grave” el pecado  de los que “por maniobras económicas, por hacer negociaciones no del todo claras, cierran fábricas, cierran empresas y trabajos quitándole el trabajo a los hombres”, ya que “El trabajo nos da dignidad, y los responsables de los pueblos, los gobernantes, tienen la obligación de hacer de todo para que cada hombre y mujer puedan trabajar y así, con la cabeza erguida, mirar a la cara a los demás, con dignidad”. Es el aviso emitido por el Papa Francisco en la audiencia general de hoy, cuando, en sus saludos en italiano, dirigió un saludo especial a los trabajadores de “Sky Italia” deseándoles que “su situación laboral encuentre una solución rápida, respetando los derechos de todos, en especial de las familias”.

Anteriormente, en su discurso ante 40 mil personas en la plaza de San Pedro, el Papa continuando en la ilustración de la esperanza cristiana, había dedicado su catequesis al tema “alegría en la esperanza” (cfr. Rm 12.9 a 13) para enfatizar que “estamos llamados a amar, a la caridad”, pero para evitar el riesgo de que nuestra caridad sea “hipócrita”, tanto por “exponernos a nosotros mismos o por sentirse satisfecho”, que nuestro amor sea “una telenovela” hay que reconocer que también nuestra forma de amar está marcada por el pecado. Y que la caridad no es un producto de nuestro corazón, “es ante todo una gracia” y por ello “necesitamos que el Señor renueve continuamente este don en nuestros corazones, a través de la experiencia de su infinita misericordia.”

“La hipocresía – observó – La hipocresía puede introducirse en todas partes, también en nuestro modo de amar. Esto se verifica cuando nuestro amor es un amor interesado, motivado por intereses personales; y cuantos amores interesados existen… cuando los servicios caritativos en los cuales parece que nos donamos son realizados para mostrarnos a nosotros mismos o para sentirnos satisfechos: “pero, qué bueno que soy”, ¿no?: esto es hipocresía; o aún más, cuando buscamos cosas que tienen “visibilidad” para hacer alarde de nuestra inteligencia o de nuestras capacidades. Detrás de todo esto existe una idea falsa, engañosa, es decir que, si amamos, es porque nosotros somos buenos; como si la caridad fuera una creación del hombre, un producto de nuestro corazón. La caridad, en cambio, es sobre todo una gracia, un regalo; poder amar es un don de Dios, y debemos pedirlo. Y Él lo da gustoso, si nosotros se lo pedimos. La caridad es una gracia: no consiste en el hacer ver lo que nosotros somos, sino en aquello que el Señor nos dona y que nosotros libremente acogemos; y no se puede expresar en el encuentro con los demás si antes no es generada en el encuentro con el rostro humilde y misericordioso de Jesús”.

“Pablo nos invita a reconocer que somos pecadores, y que también nuestro modo de amar está marcado por el pecado. Al mismo tiempo, sin embargo, se hace mensajero de un anuncio nuevo, un anuncio de esperanza: el Señor abre ante nosotros una vía de liberación, una vía de salvación. Es la posibilidad de vivir también nosotros el gran mandamiento del amor, de convertirnos en instrumentos de la caridad de Dios. Y esto sucede cuando nos dejamos sanar y renovar el corazón por Cristo resucitado. El Señor resucitado que vive entre nosotros, que vive con nosotros es capaz de sanar nuestro corazón: lo hace, si nosotros lo pedimos. Es Él quien nos permite, a pesar de nuestra pequeñez y pobreza, experimentar la compasión del Padre y celebrar las maravillas de su amor. Y entonces se entiende que todo aquello que podemos vivir y hacer por los hermanos no es otra cosa que la respuesta a lo que Dios ha hecho y continúa a hacer por nosotros. Es más, es Dios mismo que, habitando en nuestro corazón y en nuestra vida, continúa a hacerse cercano y a servir a todos aquellos que encontramos cada día en nuestro camino, empezando por los últimos y los más necesitados en los cuales Él en primer lugar se reconoce”.

“El Apóstol Pablo, entonces, con estas palabras no quiere reprocharnos, sino mejor dicho animarnos y reavivar en nosotros la esperanza. De hecho, todos tenemos la experiencia de no vivir a plenitud o como deberíamos el mandamiento del amor. Pero también esta es una gracia, porque nos hace comprender que por nosotros mismos no somos capaces de amar verdaderamente: tenemos necesidad de que el Señor renueve continuamente este don en nuestro corazón, a través de la experiencia de su infinita misericordia. Y entonces sí que volveremos a apreciar las cosas pequeñas, las cosas sencillas, ordinarias; que volveremos a apreciar todas estas cosas pequeñas de todos los días y seremos capaces de amar a los demás como los ama Dios, queriendo su bien, es decir, que sean santos, amigos de Dios; y estaremos contentos por la posibilidad de hacernos cercanos a quien es pobre y humilde, como Jesús hace con cada uno de nosotros cuando nos alejamos de Él, de inclinarnos a los pies de los hermanos, como Él, Buen Samaritano, hace con cada uno de nosotros, con su compasión y su perdón”.

“Lo que el Apóstol Pablo nos ha recordado – concluyo el Papa – es el secreto para estar – uso sus palabras – es el secreto para estar “alegres en la esperanza”: alegres en la esperanza. La alegría de la esperanza, para que sepamos que en toda circunstancia, incluso en las más adversas, y también a través de nuestros fracasos, el amor de Dios no disminuye. Y entonces, con el corazón visitado y habitado por su gracia y por su fidelidad, vivamos en la gozosa esperanza de intercambiar con los hermanos, en lo poco que podamos, lo mucho que recibimos cada día de Él”.

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