La de mañana será una Iglesia reducida

Cuando hace cuatro décadas el teólogo Joseph Ratzinger vislumbró este panorama, fue acusado de pesimista. Sin embargo, el futuro Papa Benedicto XVI sólo estaba sabiendo leer los signos de los tiempos.

En 1970 el presbítero y teólogo alemán Joseph Ratzinger, que entonces tenía 43 años de edad, escribió en su libro Fe y futuro: «De la Iglesia de hoy saldrá también esta vez una Iglesia que ha perdido mucho. Se hará pequeña, deberá empezar completamente de nuevo. No podrá ya llenar muchos de los edificios construidos en la coyuntura más propicia… Será una situación difícil… El proceso habrá de ser largo y penoso».

Como el futuro vicario de Jesucristo ya era entonces un teólogo bastante famoso, muchos lo leyeron, y hay que decir que sus palabras no gustaron a nadie. Le comenzaron a llover los ataques —que se prolongarían por el resto de su vida—, y hasta se sospechó que su supuesto negativismo extremo no era otra cosa que la claudicación ante el mandato divino: «Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19).

Sin embargo, las palabras del sacerdote teólogo —y después cardenal y Papa— nada tenían que ver con la pereza o el miedo, como si él sí quisiera una Iglesia encerrada cómodamente en las catacumbas. Por el contrario, lo que Ratzinger venía afirmando no era más que la lectura de los signos de los tiempos.

Pero la verdad es que no era la primera vez que se refería al asunto. En 1958, es decir, años antes del concilio Vaticano II, pronunció una conferencia titulada Los nuevos paganos y la Iglesia, que fue publicada por la revista Hochland. En ella se descubre que él ya veía lo que muchos otros pastores de la Iglesia se han tardado medio siglo en apenas comenzar a descubrir; dijo entonces el joven profesor Ratzinger:

«El rostro de la Iglesia en los tiempos modernos está conformado por el surgimiento de una forma completamente nueva de Iglesia de los paganos, y todavía lo será más en el futuro: no como antes, una Iglesia de paganos convertidos en cristianos, sino una Iglesia de paganos que todavía se llaman a sí mismos cristianos. El paganismo está presente hoy en la Iglesia misma».

OTROS «PESIMISTAS»

Pero Joseph Ratzinger no era el único que leía los signos delos tiempos. Karl Rahner, uno de los teólogos más influyentes del siglo XX, escribió en 1959, en su libro Misión y Gracia: «Es un hecho que —quizás aparte del mundo ibérico— ya no hay países cristianos. En cualquier lugar del mundo y en cualquier lugar con relación al mundo, el cristianismo está en una situación de diáspora, según unos grados variables, claro está.

«Efectivamente, en todas partes constituye una minoría numérica, al menos si hablamos de un cristianismo verdaderamente vivido… Incluso se puede decir que estamos sin la menor duda en un período en que este proceso va a intensificarse más aún».

Mucho más recientemente, otros también abrieron los ojos. El cardenal Roger Echegaray dijo en un discurso dirigido a la Conferencia Episcopal de Francia, en 1981: «No tenemos por qué escondérnoslo: nuestra Iglesia no ha hecho sino empezar su éxodo… Ya no sentimos bajo nuestros pasos aquel humus cristiano que ha nutrido a tantas generaciones. El pueblo que lentamente avanza tiene menos practicantes, menos militantes».

El teólogo francés J. M. R. Tillard escribió en 1998: «Siendo lúcidos, todo lleva a pensar que hay Iglesias locales, incluso núcleos importantes de Iglesias locales, que van a desaparecer del mapa de la cristiandad… Cabe esperar que, una vez desaparecida la generación de cristianos practicantes, se van a cerrar cada vez más lugares de culto, y eso —tomemos nota de ello— tendrá como efecto concomitante la reducción de la visibilidad de la Iglesia… ¿Somos los últimos cristianos? Ciertamente somos los últimos de un estilo de cristianismo. No somos los últimos cristianos».

SIMULACIÓN PASTORAL

Las diócesis y conferencias episcopales suelen consolarse con las estadísticas falsas, en las que los países aparecen con altos porcentajes de católicos —falsos católicos, que no tienen la fe de la Iglesia y sólo acuden esporádicamente a los sacramentos como una mera costumbre social—; y se defiende a capa y espada la libertad de estos no católicos a decir en los censos que sí lo son.

Mientras México o cualquier otro país aparezca en los censos con al menos un 70% de presuntos católicos —o cualquier otro porcentaje que aún simule un estado favorable—, es probable que la situación pastoral se mantenga en el mismo rango de comodidad que hasta ahora. El presbítero Roberto Sánchez del Real, de la diócesis de Aguascalientes, llama a esta situación «simulación pastoral», y la explica así: «Es querer engañar y hacer creer que se atiende, que se apoya, que se trabaja, que se planea en lo pastoral. Espero que no me excomulguen, pero la simulación pastoral la he visto en todas partes: la he visto y vivido en México, en Uruguay y en Estados Unidos. Y lo más seguro es que hasta he participado de ella».

«Se simula pastoralmente cuando se tienen prioridades de papel: por ejemplo, en el Plan Diocesano de Pastoral se pone que tal pastoral es ‘prioridad diocesana’ o ‘decanal’, pero no se le dan recursos humanos ni materiales para que funcione. Se ahoga sola y no se remedia nada», agrega el padre Sánchez del Real.

NO CLAUDICAR

El periodista y escritor alemán Pewter Seewald publicó en el año 2000 un libro-entrevista en el que le preguntó a Ratzinger sobre lo que dijo de la Iglesia numéricamente reducida. El cardenal respondió: «Cuando hice esta afirmación me llovieron de todas las partes reproches de pesimismo»; sin embargo, «la Iglesia de los primeros tres siglos era pequeña, sin por esto ser una comunidad sectaria. Por el contrario, no estaba cerrada en sí misma… Al proceso de reducción numérica que estamos viviendo hoy tendremos que hacerle frente también precisamente explorando nuevas formas de apertura al exterior».

Entonces Seewald preguntó: «Pero la Iglesia, ¿puede de verdad renunciar a su aspiración de ser una Iglesia de la mayoría?». El cardenal contestó que «debemos ser, sobre todo, misioneros», pues «no podemos aceptar tranquilamente que el resto de la humanidad vuelva a precipitarse en el paganismo»; por tanto, «la Iglesia debe recurrir a toda su creatividad para hacer que no se apague la fuerza viva del Evangelio