Por Jaime Septién |

No me enlisto en las filas de los que creen que lo que le pasa a la selección mexicana es reflejo de lo que le pasa a la sociedad mexicana. En todo caso, la situación lamentable del representativo nacional es solamente un reflejo doble: de la venalidad de nuestros gobiernos (todos los colores incluidos) y de la corrupción de nuestras televisoras.

Podríamos poner un tercer elemento en este desastre: lo pazguatos que somos. Pero este elemento me parece muy alevoso: si 60 millones de mexicanos viven en la pobreza y 20 millones están a un paso de ser pobres, no podemos exigir, encima de todo, una actitud crítica ante el asunto de las corruptelas y las compras de votos, vía programas sociales, vía programas de televisión.

Porque el pan y el circo en que nos han metido con el tema del «Piojo» Herrera, del «repechaje» contra la poderosísima selección de Nueva Zelanda, y de que el «Rey Midas», Víctor Manuel Vucetich, es «rey pero no Dios», no ha hecho sino mantener una cortina de humo sobre el fondo de nuestra realidad: que hay una reforma educativa que no se aplica; que estamos en recesión (sin crisis en el extranjero a quien echarle la culpa); que somos los campeones de la desigualdad; que los maestros no enseñan, que los impuestos aumentan y se van al «gasto corriente» (léase a procedimientos electoreros), etcétera.

Ésa es la función que han cumplido los medios televisivos en México. Y por eso tienen el poder que tienen. Nos han dejado quietos, espectadores del show que montan «para nosotros» los dueños del balón, de la tarde, de la noche, del consumo y de la vida de los mexicanos. Y no hay quien les ponga un alto.