Por Mónica Muñoz |

Ante algunas situaciones que se presentan en la vida, debemos tomar la decisión de actuar o no, conscientes de que nuestros actos derivarán en consecuencias que pueden marcarnos para siempre.  Es por eso que la virtud de la prudencia resulta muy útil para ayudarnos a decidir qué hacer, pues se trata de pensar antes de actuar, enfocándonos en realizar un bien verdadero.  Por eso, hay que analizar los pros y los contras para elegir lo que sea para nuestro beneficio.

Sin embargo, a veces decidiremos mal, a pesar de las advertencias y focos rojos que se enciendan alrededor de alguna situación que consideremos provechosa, caeremos irremisiblemente en errores que nos costarán caros, convirtiéndose en pesados lastres que no permitirán que seamos completamente felices.

Hay que ser prudentes, es verdad, hay muchas circunstancias en la vida que no podemos resolver,  ¿pero hasta dónde cabe la prudencia?  Es una pregunta que viene rondando mi cabeza desde que vi la noticia, terrible por cierto, de la inhumana muerte de un hombre que, enfermo, llegó a solicitar servicio médico al hospital general de Guaymas, Sonora.  Cinco días permaneció afuera del sanatorio sin atención médica por falta de recursos económicos, hasta que finalmente, falleció.

Al segundo día de pernoctar en el exterior del edificio, esperando que un alma caritativa se compadeciera de él y lo ayudara, un medio de comunicación local le hizo una dramática “entrevista”, que ha quedado plasmada en un video que circula en internet, por eso se pudieron conocer algunos datos personales del ser humano que perdiera la vida tirado en la calle.

Porque no fue sólo cuestión de negligencia médica de los doctores que, olvidando el juramento de Hipócrates, permitieron que esa vida se desvaneciera, pudiendo hacer algo para remediar la enfermedad que lo aquejaba, también pasaron de largo muchas personas que, teniendo la posibilidad de brindar ayuda para que el hombre hubiese sido atendido, hicieron caso omiso.  Algunos, tímidamente ofrecieron algún apoyo y llamaron al DIF para que interviniera en el caso, sin obtener respuesta. Qué lamentable resulta comprobar el grado de deshumanización que poco a poco ha permeado a nuestra sociedad.

Pero hubo un detalle más que, lejos de darme gusto, hizo que se me enchinara la piel, pues no alcanzo a concebir la clase de seres humanos en la que nos estamos convirtiendo.  Resulta que, al día siguiente de acaecida esta desgracia, encontré una noticia inaudita: un perro, que había sido arrollado por el metro, fue rescatado por Protección Civil y llevado a una clínica veterinaria para ser intervenido, pues había perdido una pata en el percance.

Me quedé helada.  Por supuesto no estoy a favor del maltrato a los animales, son seres vivos que de muchas formas dependen de nosotros para subsistir, pero por ningún motivo se justifica que por el perro sí hubo quienes se preocuparan para que recibiera cuidados médicos y no así para José Sánchez Carrasco, jornalero de 38 años que pereció de manera absurda sólo porque no tenía dinero, y lo más grave, parece que a nadie le importó.

Viene como anillo al dedo aquella anécdota que Jesús relatara a los fariseos cuando se le hizo la pregunta, “¿y quién es mi prójimo?”  La respuesta es muy conocida:

 «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: “Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva.” ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Jesús le dijo: «Vete y haz tú lo mismo». (Lucas 10, 30-37)

¿Hace falta decir más?  Reflexionemos cómo está armada nuestra escala de valores, no permitamos que el individualismo acabe con nuestra caridad, seamos misericordiosos y veamos a los demás como hermanos, no como enemigos, sólo así podremos resolver muchos de los problemas que nos aquejan como familia y como sociedad.