Reseña de un artículo del padre Juan Manuel Galaviz Herrera |
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En la célebre novela de Juan Rulfo aparece un sacerdote, confinado en la región donde el cacique Pedro Páramo es amo y señor. Se trata del padre Rentería. En su reflexión sobre este personaje, el padre Juan Manuel Galaviz rescata un pasaje que muestra la situación que vive ese ministro de la Iglesia:
“–¿Se siente mal?
“–Mal no. Ana. Malo. Un hombre malo. Eso siento que soy”.
En esta respuesta del padre Rentería a su sobrina se dibuja la imagen del remordimiento y el disgusto de sí mismo.
Desilusión y culpa
La desilusión del sacerdote se ha ido gestando poco a poco, hasta llegar a ser incontenible y presagiar el estallido. Muy de mañana había dirigido sus pasos hasta la población vecina, dispuesto a confesarse y recuperar la paz interior. Los carreteros con quienes se cruzó en el camino lo saludaron con preguntas convencionales: “Padre, ¿ya dieron el alba?” “¿Adónde tan temprano, padre?” “¿Ha muerto alguien en Contla, padre?” Y él, aunque se conformó con sonreír, “hubiera querido responderles: ‘Yo. Yo soy el muerto’”.
Juan Manuel Galaviz pregunta acerca del padre Rentería: “¿Se sentía culpable de vivir en pecado y de ejercer sacrílegamente el ministerio? ¿Consideraba que toda su acción sacerdotal era infructuosa y sin sentido?” Enseguida dibuja el perfil del sacerdote en cuestión, a quien se le considera un traidor a la misión sacerdotal:
“El Padre Rentería es duro de corazón. Le falta precisamente aquella virtud por la cual el sacerdote –y más aún el párroco– hace las veces de Jesucristo: la misericordia como hombre y como ministro, se muestra reacio a perdonar; más todavía: contrariando un mandato del Evangelio, se alza como juez y condenador. “Por mí, condénalo, Señor”, es el fallo que da frente al sagrario después de las exequias por Miguel Páramo, hijo del cacique que da su nombre a la novela. Ciertamente no se trata de un perdón fácil para el Padre Rentería, ya que el difunto había sido el asesino de su hermano, y además el violador de su sobrina.
“Condesciende con los opresores. Desde la primera página del libro, Comala se nos presenta como un pueblo en ruinas; más aún, el fantasma de un pueblo habitado sólo por los muertos y los recuerdos. Al final de la novela conocemos la causa de tanta desolación: el cacique Pedro Páramo, ese “rencor vivo” que campea en toda la novela, resolvió “cruzarse de brazos”, para que el pueblo muriera. Le bastaba eso, “cruzarse de brazos” porque todos los hilos de la existencia de Comala estaban en sus manos.
Nada hace para oponerse a la criminal injusticia que padece su pueblo; antes bien, condesciende con los opresores y procura vivir a su amparo diciendo “Así es la voluntad de Dios”.
“Vende su ministerio. Por lo menos en dos ocasiones se advierte que el Padre Rentería ejerce su ministerio con criterios administrativos muy cercanos a lo simoníaco. De paso, notemos que el apellido escogido por el novelista para designar a su personaje tiene propósitos de irónico simbolismo: Rentería, de “renta”, administración, bienes negociables…
“Carece de vida interior. Por muchos indicios que nos da el novelista, comprendemos que el padre Rentería ejerce ininterrumpidamente su ministerio: celebra la misa, confiesa, auxilia a los moribundos. Y, sin embargo, no por eso podemos afirmar que cumple realmente con la misión del párroco. Todo lo hace movido más bien por la inercia y la necesidad y no por una vitalidad espiritual honda y dinámica: Con un símil tomado del Evangelio, digamos que el Padre Rentería es terreno superficial donde la semilla de la gracia no alcanza a desarrollarse con la robustez necesaria para las plantas fructíferas. Hay en su interior como un sedimento esterilizante que empeña su ministerio y a él le cierra los caminos de la alegría existencial. Es el sedimento de la costrumbre y la mediocridad.
“El Padre Rentería no es feliz porque no se dispone a una radical transformación desde su interior: la clásica metánoia o conversión. En varios episodios constatamos que la gracia no hace mella en su alma. Cuando en su conducta se manifiestan algunos atisbos de reacción, en seguida otros detalles demuestran que sigue siendo la víctima voluntaria de su propia mediocridad.
“Salta a la vista que el Padre Rentería no es precisamente un Santo Cura de Ars; pero ni siquiera hay indicios de que alimente su interior con una espiritualidad elemental, o más o menos viva y constante. Embajador de Cristo, no lo encarna ni lo siente su amigo y salvador. Su sacerdocio forma parte de esa gran desilusión que es toda la novela”.
Las reacciones
En su artículo, Galaviz, señala que inesperadamente, cuando el libro parece haber terminado y casi nos hemos olvidado del padre Rentería, un pasaje nos da cuenta de su paradero y de su nueva conducta: se ha levantado en armas y se ha unido a los cristeros. ¿Se trata de una trasformación profunda o es una simple fuga de sí mismo y de su pasado?
“¿Qué papel juega la Iglesia en esta historia? Hemos tratado de ver la respuesta que nos da Juan Rulfo a través de su novela. Es una respuesta que hace pensar y que entraña más estimación que menosprecio a la Iglesia; si el novelista señala con actitud las fallas de un sacerdote es porque está convencido de que otra sería la historia de México si el testimonio del clero fuera siempre el que corresponde a los auténticos representantes de Cristo”.