Por Fernando Pascual |

Una supuesta aparición. Miles y miles de peregrinos durante meses y años. Muchas confesiones, muchas misas, muchas conversiones. Alguno llega en seguida a la conclusión: la supuesta aparición es verdadera.

En realidad, ni los números ni importantes beneficios espirituales en cientos de personas pueden avalar la veracidad de una aparición. De lo contrario, y con un argumento parecido, habrá quien diga que la religión X o la religión Y son verdaderas porque tienen millones de seguidores, durante siglos, y con resultados a veces muy dignos de reconocimiento.

Para un católico, la verdad se encuentra en la Revelación, tal y como la acoge y la explica la Iglesia católica desde su Magisterio (el Papa y los obispos unidos entre sí y al Papa). Por eso, a la hora de estudiar una posible aparición, hay que tener una actitud de prudencia y de espera a lo que pueda decir el obispo del lugar y, cuando el caso lo requiera, la Santa Sede.

En no pocas ocasiones, el juicio de la Iglesia tarda en llegar meses o incluso años. No es fácil tener una idea clara sobre lo que ocurre en un lugar y ante la atención de miles de personas que ponen su confianza en los presuntos videntes y en los mensajes que divulgan. Pero promover en exceso una posible aparición, darle un crédito casi absoluto sin esperar el juicio de nuestros pastores, es señal de falta de auténtico espíritu católico.

No podemos, pues, dejarnos encandilar ante el número de peregrinos que acuden llenos de entusiasmo a visitar el lugar de una supuesta aparición. Para la Iglesia, nunca los números, ni los aplausos, ni la aprobación “del mundo”, serán considerados criterios válidos a la hora de analizar un fenómeno que sorprende y que atrae a multitudes.

Por eso es hermosa la actitud prudente de tantos bautizados que, con paciencia y con serenidad, viven su fe en Dios en lo cotidiano, sin inquietarse ante apariciones que pueden ser o pueden no ser auténticas. Rezan, participan en la misa dominical, se confiesan con frecuencia, perdonan, ayudan a los más necesitados (pobres, ancianos, enfermos). ¿No es un modo muy hermoso de vivir el Evangelio y de acoger el gran mensaje que nos ofrece Jesucristo?