Reseña de un artículo del padre Juan Manuel Galaviz Herrera, SSP |

Lea el artículo completo en www.enlanovela.wordpress.com |

Fernando Benítez, siempre tan preocupado por escrutar la realidad mexicana, traza en El agua envenenada la versión novelesca de un hecho acontecido en 1959: la rebelión de un pueblo contra las arbitrariedades de un cacique. El escenario de los acontecimientos es Ciudad Hidalgo, Michoacán, que en la novela aparece con su antigua denominación de Taximaroa.

La estructura de la obra es lineal, no dividida en capítulos, sino en pequeños cuadros o secciones, 53 en total. La narración es ágil e intensa, con un marcado crescendo a partir sobre todo de la sección 34, cuando comienza a difundirse el rumor de un envenenamiento del agua por parte del cacique.

Entre los protagonistas principales de la novela encontramos al señor cura de Taximaroa, en quien descubrimos el dramático conflicto del sacerdote que debe salvaguardar los derechos naturales del hombre sin traicionar los principios del Evangelio. En boca de este sacerdote pone Benítez la narración.

Las cuatro escenas con que comienza la obra nos lo presentan después de los hechos, llamado por su arzobispo para que dé cuenta de tales sucesos: si ha tenido o no parte en el azuzamiento del pueblo; si ha obrado con valentía y prudencia para impedir el derramamiento de sangre; y, en fin, si tiene algo que exponer en su propio descargo, puesto que el pueblo se queja de él, como se quejan los familiares de las víctimas, y aun las autoridades civiles.

Otro protagonista es Ulises Roca, el aplastante señor de la comarca, que impone su voluntad mediante la inicua política de las tres “pes”: “plata para los amigos, palo para los descontentos, plomo para los enemigos”. Derribado finalmente, paga con su sangre la deuda contraída por sus propias atrocidades.

Qué sucedió en Taximaroa

La novela nos ofrece una relación supuestamente autobiográfica en la que el sacerdote narra las experiencias de su vida hasta la fecha de su nombramiento como cura de Taximaroa. Esta relación nos revela un carácter fuerte, fraguado desde la infancia por las vicisitudes de un México en perenne agitación, un México creyente pero ignorante; ansioso de libertad y de progreso, pero maniatado por la injusticia y la superstición.

“Cierto, son dóciles, incluso excesivamente dóciles. Aceptan trabajos y dolores con un desdén pasivo y casi estoico que los hace invulnerables. Sin embargo, detrás de esa corteza, de esa resignación con que aceptan su destino, de esos ojos cargados de enigmas, se esconde una sensibilidad enfermiza, un sentimiento mágico de la vida y un fondo de rebeldía capaz de estallar en un segundo con violencia inaudita.

“Creen ciegamente en la eficacia de los amuletos, en las profecías, en los tesoros ocultos, en los milagros y en las apariciones sobrenaturales, y yo me pregunto a menudo con angustia si no recae en nosotros la responsabilidad de fomentar estas supersticiones”.

Este sacerdote consciente de la obligación de la Iglesia ante los problemas de la ignorancia y la superstición, llega a Taximaroa para encontrarse con otro gran escollo contra el progreso del pueblo: la fuerza del caciquismo, representada allí por don Ulises. Sus primeros contactos con él y las confidencias de los feligreses lo llevan pronto a la conclusión: “En donde hay un cura rural hay siempre un cacique y el dilema es éste: o se le acepta o se le combate, o se es conformista o se es un cristiano verdadero”.

Sobre esta última línea sitúa Benítez una implícita acusación contra el cura, al que hace confesar: “Sabía ya lo que debía saber acerca de don Ulises. No corrí a enfrentármele. No defendí a las ovejas acosadas que Su Ilustrísima me había confiado al nombrarme cura de Tajimaroa”.

Veremos que no se reduce a ello la dimensión conflictiva que el novelista confiere a su personaje. Podemos mencionar la valerosa intervención de este sacerdote en el intento de apaciguar los ánimos e impedir un absurdo derramamiento de sangre. No aprueba la conducta del cacique, pero tampoco está de acuerdo con la enconada violencia que se despierta en el pueblo.

Los remordimientos que expresa al decir que no fue capaz de enfrentársele al cacique, se refieren más que nada al grado de su propia firmeza y determinación, puesto que en realidad sí hay un momento en que se enfrenta al cacique: cuando lo visita para hacerle saber que el descontento del pueblo no es infundado, y que a él, don Ulises, más le valdría modificar su política o retirarse de Taximaroa. En aquella ocasión no obtuvo del cacique sino graves recriminaciones contra la Iglesia, y la interrupción del diálogo declarándose irreconciliable.

Exigencias de Benítez respecto al sacerdote

Repasando los hechos de su conducta según los plantea El agua envenenada, se tendería a decir que la figura del párroco queda en bastante buena luz; que no se habla mal de él ni se le hace objeto de críticas acerbas. Sin embargo, el señor cura de esta novela se muestra insatisfecho de su propio comportamiento: su espíritu se ve ensombrecido por la duda y el remordimiento, precisamente en aquellos momentos en que debiera ser más luminosa la satisfacción de quien ha cumplido con su deber. ¿Es que Fernando Benítez pretende decir que el cura de su novela falló en su misión como sacerdote?

En la última sección de la novela son aún más intensas las recriminaciones que el señor cura hace contra sí mismo; lo vemos salir del Ayuntamiento (a donde ha sido llamado a declarar), detenerse en el jardín y reclinarse en el tronco de un árbol. Son las dos de la mañana y aún no parecen del todo terminados los dolorosos sucesos de un día febril. Mientras sus ojos vagan en la sombra, su mente se llena de recuerdos: entonces se contempla a sí mismo recién ordenado sacerdote, llegando al sitio de su primera destinación como vicario, prometiéndose con resolución: “Mi deber es salvar al mundo, y si no lo salvo, ésa es mi culpa”. ¿Qué ha sido de tales propósitos?

¿Qué significa todo esto?  ¿El fracaso de su ministerio, o más todavía, el fracaso del sacerdocio mismo? Respondo negativamente. Si esta novela de Benítez encierra un juicio acerca del sacerdocio, no es por cierto una idea de menosprecio e inutilidad, sino, en todo caso, un concepto de exigencia profunda y radical. Esa exigencia a la que no puede sustraerse ningún sacerdote; exigencia de integridad y heroísmo, de claridad y firmeza, por encima de mediocridades y posturas intermedias, a costa de impopularidad y sacrificio.