Por Jorge Traslosheros |

Este principio de año me deja una serie de reflexiones. Viví con gozo las fiestas religiosas y paganas de la época, incluidos ciertos momentos nostálgicos que siempre me rescatan de una alegría empalagosa. También seguí con esperanza lo comentado en la familia y en los medios sobre la Iglesia, así como los dichos del Papa, obispos, sacerdotes, religiosos y laicos.

Me descubro en una situación nueva como cristiano. La Iglesia ha salido de sus años de turbulencia, de los necesarios e intensos debates posconciliares y de sus complicados procesos de renovación. Parece que hemos reencontrado unidad de propósito, claridad en las ideas y definición en el rumbo. La Iglesia siempre está en proceso de reforma, lo que no debe confundirse con dinamitar su existencia. Encuentro que el Papa logra catalizar los vectores que le dan fuerza histórica a la Iglesia; pero también que es fruto de los grandes esfuerzos de varias generaciones de católicos.

Medito sobre estos duros años y encuentro dos grandes protagonistas que se dejan sentir de manera especial bajo el pontificado de Francisco. Son el Catecismo y la Doctrina Social de la Iglesia, destilados de la reflexión y acción de los católicos. Sólo puede actuar bien quien piensa bien. Ortodoxia y ortopraxis están entrelazadas, como la fe y la razón.

El catecismo no es una lista de creencias. Quien tal diga confiesa su ignorancia. Estamos ante un grandísimo tratado de teología bíblica, como dice el excelente y divertido teólogo Scott Hahn. Su centro es la persona de Cristo, de la cual se derivan la fe de la Iglesia y su vocación por el ser humano. Son buenos momentos para regresar a su lectura, siempre y cuando entendamos el género en que está elaborado. Es una reflexión sistemática sobre los fundamentos de la fe, no una novela de aventuras.

La Doctrina Social de la Iglesia es uno de los grandes desarrollos del pensamiento católico de nuestros días. No es un programa de acción y menos la propuesta sobre un sistema social. Son criterios en la fe para orientar la vida social de los católicos, aplicables en las más diversas circunstancias. El Compendio que le sistematiza es una obra maestra; pero es tan sólo un momento de reflexión, no su culminación. Sigue fresca y pujante.

Estos dos instrumentos expresan un siglo de reformas en la Iglesia y están en el corazón de cuanto ahora vivimos con sorpresa y esperanza. El Papa les hace brillar por su forma de ser. No es un refinado intelectual como Paulo VI, tampoco un sofisticado filósofo como Juan Pablo II, ni un potente teólogo como Ratzinger. El cometido de estos hombres fue hacer e implantar el Concilio. Francisco es un pontífice distinto en una época diferente. Es un místico y, como tal, un hombre práctico abocado a la oración y a la acción; que es lo propio de nosotros los católico de a pie, aunque no seamos místicos. Tal vez por eso lo sentimos tan cercano.

Me embarga un sentido de gratitud con Dios por haberme permitido vivir en estos tiempos. Siempre he sido un laico del común sin más filiación en la Iglesia que la Iglesia misma. Le agradezco tantos años de caminar a veces en la incertidumbre, otras en la duda; pero siempre en la comunión y la esperanza.

jorge.traslosheros@cisav.org