Por Fernando Pascual |

Uno de los sueños de Raimundo Lulio (Ramón Llull) era abrir caminos para que los no cristianos alcanzasen la fe en Jesucristo. Por eso escribió diversas obras orientadas a exponer las verdades de la Iglesia católica a los musulmanes, judíos y otros grupos de su tiempo. Creía así poder presentar el cristianismo de un modo convincente, claro y eficaz.

Una de esas obras se titula “Libro del gentil y los tres sabios” (en catalán, “Llibre del gentil e dels tres savis”), escrita por Lulio entre los años 1274 y 1276. Quizá la primera redacción fue en árabe, precisamente con el fin de facilitar el diálogo con los seguidores del Islam.

La obra inicia con la historia de un gentil (un pagano) que experimenta una pena profunda. Había llevado a cabo continuos estudios de filosofía, pero no conocía a Dios, ni creía en la resurrección tras la muerte. Amaba intensamente esta vida, y le entristecía la idea de que con la muerte todo concluía de modo irremediable.

Lulio imagina que nuestro filósofo sale de su ciudad a buscar alguien que pudiera consolarle. Llega a un lugar lleno de árboles y animales, fuentes y prados, flores y pájaros. Su corazón se serena, pero entonces brota el deseo de volver a su tierra. Antes, gira por aquel lugar maravilloso, hasta encontrarse, a las afueras de una ciudad, con tres sabios de religiones diferentes: un judío, un cristiano y un musulmán (sarraceno, según lo llama Lulio).

Aquí inicia una larga conversación en la que cada uno de los sabios expone los motivos de la propia fe a aquel filósofo pagano. Para ello, se ayudan de las ramas y frutos de cinco hermosos árboles, que sirven para hablar de las principales virtudes: bondad, potencia, grandeza, amor, eternidad, justicia, fe, esperanza, caridad…

Los sabios se ponen de acuerdo en respetar un orden “cronológico” para organizar sus discursos: primero hablará el judío, luego el cristiano, y por último el musulmán. Al final de las tres largas intervenciones, con las típicas argumentaciones lulianas, el filósofo gentil se siente profundamente consolado y reconoce que existe un Dios al que dirige una bellísima oración.

Llega el momento de partir, y aquí encontramos un texto sumamente interesante. Los tres sabios de las religiones monoteístas se despiden del gentil. Éste les pregunta si no quieren conocer a cuál de las tres religiones piensa adherirse después de haberles escuchado. Los sabios dan una respuesta negativa: si el filósofo les expusiese su preferencia, ya no tendrían motivos para seguir discutiendo sobre cuál sería la verdadera religión.

Poco tiempo después, los tres sabios reflexionan sobre lo ocurrido. Por un lado, reconocen cómo se producen continuas rivalidades y conflictos por motivos religiosos, lo cual se opone a la gloria que los hombres deben ofrecer a Dios. Por otro, evidencian cómo cada uno vive de acuerdo a la fe aprendida en familia, de sus padres, lo cual lleva a muchos a despreciar a todo aquel que se oponga a tal fe.

Pero la verdad, añade un sabio, concuerda con el ser, mientras la falsedad con el no ser. Entonces, si muchos luchasen a favor de la verdad sería posible vencer la falsedad. Sin embargo, eso no ocurre, porque los hombres aman los bienes temporales mientras muestran poca devoción hacia Dios y hacia el prójimo.

Mientras siguen en camino, llegan al lugar en donde se habían encontrado al salir de la ciudad. Se piden mutuamente perdón, si en alguna palabra han ofendido a los otros. Deciden continuar las discusiones más adelante con la ayuda de la “señora inteligencia”, hasta llegar a un acuerdo sobre cuál sea la religión verdadera. Sólo entonces, al concordar en una fe común, podrían convertirse en propagadores de la misma por todo el mundo.

El lector moderno seguramente encontrará sorprenderse que en la Edad Media se haya elaborado un ejemplo tan cordial y tan abierto de diálogo interreligioso. Lulio podría, perfectamente, haber orientado el diálogo a exaltar su propia fe, la cristiana. Optó, sin embargo, por dejar el tema abierto; sobre todo, quiso ofrecer una invitación a la búsqueda, desde la razón, de aquellas verdades que unifican y permiten la concordia entre los hombres.

Desde luego, las argumentaciones que la obra presenta pueden resultar no fáciles o, en algunos casos, limitadas a un horizonte cultural demasiado estrecho. Pero el fondo del esfuerzo luliano conserva su validez.

Frente a un mundo fragmentado, frente a hombres que usan sus creencias religiosas para despreciar o atacar a otros, vale la pena un sincero esfuerzo por dialogar y por abrirse a caminos intelectuales que, bien elaborados, conducen suavemente a los hombres a aquella concordia que nace desde el reconocimiento de verdades que nos unen.