Por Jorge E. Traslosheros H. |

La crisis de los religiosos es real. Extraviaron la capacidad de diálogo entre su carisma y la realidad, es decir, entre la fe que los orienta y la razón que los conecta con el mundo. Por eso el Papa Francisco les ha dicho: “¡Despertad al mundo!”. Lo cierto es que son importantes por razones históricas y teológicas.

La vida religiosa es un carisma muy especial dentro de las iglesias cristianas de tradición apostólica. Nació en Egipto en el siglo tercero y se desarrolló con especial fuerza dentro de la Iglesia Católica Romana, a partir de la fundación de los benedictinos en el siglo VI. Desde entonces, sus carismas se han multiplicado regalando con generosidad hombres y mujeres al servicio de la humanidad, porque decidieron, como San Benito de Nursia, dedicarse a buscar a Dios y dejarse encontrar por Él.

Sus aportes a la cultura son innumerables y van mucho más allá del ámbito cristiano como, por ejemplo, el desarrollo de la arquitectura, la astronomía, la genética o la teoría del Big Bang. También, en muy diversos momentos, han sostenido a la Iglesia por su lealtad al Papa. Ellos tal vez lo han olvidado; pero la historia de la Iglesia está marcada por su celo misionero, comunión eclesial y sentido de la aventura.

La razón teológica es igualmente decisiva. La grandes novedades en la Iglesia nunca suceden cancelando carismas. Esto es parte del secreto de su riqueza y permanencia en el tiempo. Los frailes franciscanos no provocaron la desaparición de los monjes benedictinos, ni los padres del desierto, que fundaron el monacato, indujeron la desaparición del episcopado. Dios no desperdicia carismas ni da paso sin huarache.

Tampoco es que los religiosos estén para los leones, pero sí requieren ayuda. A juicio de este laico del montón, parte importante de su problema es que, ante los vientos de renovación del Concilio tomaron dos actitudes contrarias. Unos, de puro susto se encerraron, el aire se vició, el carisma se volvió costumbre y perdieron sentido de la realidad. Otros, se lanzaron a la reforma de la Iglesia, cayeron en un progresismo adolescente, se tropezaron con su entusiasmo y perdieron piso. De ambas cosas saben dar muy sesudos pretextos; pero su favorito es presentarse como los auténticos profetas de la Iglesia, lo que francamente es una demostración de soberbia y, por ende, de ausencia de comunión eclesial. Los profetas los manda Dios, a cuentagotas, para confirmar a la Iglesia en su unidad por su fidelidad a Dios, no para fragmentarla. Mucho menos para meterla en un agujero.

Hoy en día, cuando tenemos un gran jesuita como Papa, sería atentar contra el sentido común dudar de la importancia de los religiosos. No obstante, sí creo que les ha llegado el momento de renunciar al rezongo y dejarse guiar por este hombre maravilloso que ocupa la silla de San Pedro. Su profética y original personalidad, de la cual nunca se pavonea, en nada le ha estorbado para continuar el camino de Benedicto XVI, como tampoco para, con sobrado entusiasmo, proceder a la canonización de Juan Pablo II y Juan XXIII.

Mi esperanza tiene asideros. Si hasta los Legionarios de Cristo han podido entrar en proceso de reforma, cualquiera lo puede hacer. Pero la mansedumbre y la humildad son indispensables. Deben dejarse guiar por Francisco. Espero que no tarden. Nos hacen mucha falta.

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