Por Francisco Moreno Barrón, obispo de Tlaxcala |

México celebra este 30 de abril el Día del Niño. La infancia, sin lugar a dudas, es una etapa sumamente importante en el desarrollo integral de la persona. El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF por sus siglas en Inglés) señala que “resultados de una vasta gama de investigaciones en los campos de la antropología, la psicología del desarrollo, la medicina, la sociología y la educación, ponen al descubierto la importancia fundamental que reviste el desarrollo en la primera infancia con respecto a la formación de la inteligencia, la personalidad y el comportamiento social. En ese sentido, si los niños y niñas de corta edad no reciben en esos años formativos la atención y el cuidado que necesitan, las consecuencias son acumulativas y prolongadas” (UNICEF, 2008, ¿Por qué es tan importante el desarrollo del niño en la primera infancia?). 

El documento de Aparecida ya desde 2007 nos interpela a reconocer que en nuestro continente “vemos con dolor la situación de pobreza, de violencia familiar, de abuso sexual, por la que atraviesa un buen número de nuestra niñez: los sectores de niñez trabajadora, niños de la calle, niños portadores de VIH, huérfanos, niños soldados, y niños y niñas engañados y expuestos a la pornografía y prostitución forzada, tanto virtual como real… No se puede permanecer indiferente ante el sufrimiento de tantos niños inocentes”(DAP 439).

Las niñas y los niños de nuestra Diócesis de Tlaxcala, desafortunadamente, no escapan a la violencia que se ha generalizado. En últimas fechas hemos visto carteles de niñas que han desaparecido, la trata de personas sigue presente, la violencia familiar, robos, incremento de alcohol y drogadicción. Estos procesos de violencia generan en la infancia un aprendizaje y a  futuro con mucha probabilidad serán ejecutores de esa violencia o víctimas de ella. El niño o niña sometida a la violencia en su infancia tenderá a repetir ese patrón de conducta en su vida adulta. De aquí la importancia de que los niños y niñas que son testigos de estos malos tratos reciban apoyo para romper este terrible círculo vicioso.

Toda esta violencia puede generarles efectos muy dañinos: baja autoestima, interiorización del machismo, miedo, estrés, conmoción psíquica aguda, ansiedad y desorientación, incomunicación y aislamiento provocado por el continuo desamparo social, sentimientos de subordinación, dependencia y sometimiento, sentido de culpabilidad, desmotivación y profunda ausencia de esperanza, incertidumbre, dudas e indecisiones por bloqueo emocional.

Todas las personas, de una u otra forma, somos responsables de la violencia social y familiar que se ha generado. Hago un llamado, en particular a las instancias gubernamentales e instituciones, incluida la Iglesia, para trabajar en la construcción de contextos donde los niños puedan aprender, crecer yconvertirse en adultos saludables y exitosos; ellos tienen derecho a un mundo donde se sientan contentos y seguros de sí mismos.

Los niños y niñas son don y signo de la presencia de Dios en nuestro mundo por su capacidad de aceptar con sencillez el mensaje evangélico. Jesús los acogió con especial ternura: “Dejen que los niños se acerquen a mí, porque de los que son como ellos es el Reino de los Cielos” (cf. Mt 19, 14), y los presentó  como ejemplo para los adultos: “Si no cambian y no llegan a ser como niños, nunca entrarán en el Reino de los Cielos” (Mt 18, 3) (DAP 438).

Alegrémonos en su día con todos los niños y niñas, decidamos valorarlos, respetarlos y promoverlos, y roguemos a Dios, por intercesión de los Niños Mártires Tlaxcaltecas Cristóbal, Antonio y Juan, para que en cada uno de ellos se haga realidad el proyecto de Dios de justicia, paz, amor y alegría.