Por Fernando Mendoza Jácques |

No soy profeta, ni mucho menos. Pero es fácil advertir que Papa Francisco está convertido en un gran líder no sólo para nuestra Iglesia, sino para el mundo entero. En base a ello, puedo advertir que el próximo octubre no será sorpresa que nuestro Papa Francisco sea premiado con el Premio Nobel de la Paz. Sería el primer Papa que lo obtiene.

Dos cuestiones avalan mi dicho. El año anterior, en una de tantas crisis severas en Siria, Papa Francisco llamó a una jornada intensa de oración, llamado al que se unieron no sólo grupos católicos y cristianos, sino también de no pocas creencias diferentes. Fue tan inmensa la respuesta, que Estados Unidos no pudo invadir Siria, como ya estaba decidido.

El punto dos lo veremos el próximo 8 de junio. Como resultado de su visita a Tierra Santa, el Sumo Pontífice hizo una invitación para que el Presidente de Israel y el líder de la autoridad palestina se reunieran en la casa de Papa Francisco “sólo para rezar unidos”.

La foto será histórica. Pero el hecho la trascenderá. Tres líderes políticos serán también tres líderes espirituales, cuyo rezo unido será una voz que se alce en medio de las disputas y las violencias extremas, para pedir al mismo Dios que envíe su paz.

Si analizamos los dos hechos, tienen un común denominador. No se trata de buscar salidas políticas ni diplomáticas. Las dos acciones más significativas de Papa Francisco para lograr la paz concreta en territorios específicos no las ha hecho como Jefe de Estado, sino como un simple cristiano, que de rodillas regatea a Dios la paz anhelada.

No podemos negar el “poder” político que tiene la Santa Sede y, por consecuencia, Papa Francisco. Pero su verdadero poder trasciende el aspecto político. La Iglesia tiene el inmenso poder de la oración, de cambiar conciencias, de mover corazones, de levantar voluntades, de agitar caridades…

Nuestro error como cristianos para resolver los graves problemas que aquejan a nuestras comunidades ha sido tradicionalmente anteponer la política a la oración. Los resultados los tenemos a la vista.

Papa Francisco ha vuelto al origen: el poder auténtico que tiene la oración para cambiar el mundo. Lo hizo en Siria. Lo está haciendo en el conflicto de Medio Oriente. Y lo que no ha hecho la política en muchos años, lo logró en una decena de días: unir a dos comunidades enemistadas por siglos de violencias.

Los conflictos no se resolverán de inmediato, pero el camino trazado está allí. Y la enseñanza también. En la Iglesia no debemos olvidar que el poder de la oración es inmenso, y más cuando se hace en comunidad. El poder del perdón y la reconciliación, como fruto de la oración, es imprescindible para alcanzar la paz, allá en Medio Oriente como aquí en México.

La Iglesia que peregrina en nuestro país debe asumir esta enseñanza para alejar la violencia que sufrimos y alcanzar la paz. El poder de la Iglesia está en la oración. No busquemos la paz haciendo política y tomando las armas. No es nuestra labor principal como Iglesia.

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