Por Jaime Septién | Se llama Hilario Ramírez Villanueva, les dicen Layín, es candidato a presidente municipal de San Blas, Nayarit y declaró, en un mitin, que la anterior vez que fue presidente sí robó, “pero poquito”.   Luego dijo que era broma. Y uno piensa aquello que decían las abuelitas: que entre broma y broma, la verdad se asoma. Layín dice que trabaja 18 horas diarias, que tiene una empacadora y que no vive del erario. ¿Entonces, pa’ qué lo dijo?

“Todo fue una broma, no es cierto que he robado dinero de la alcaldía yo no me mantengo del erario, para eso trabajo”, manifestó. “Soy un tipo que me gusta mucho la broma y al pueblo le gusta la broma, y la broma va con la política”. Ramírez Villanueva es el prototipo del candidato que ha hundido a México en el descrédito más grande de la política, pasto fácil de la corrupción.   Porque la corrupción comienza por el lenguaje. “¿Que le robé a la presidencia? Sí le robé. Sí le robé. Poquito, porque está bien pobre. Le di una rasuradita, nomás una rasuradita. Pero lo que con esta mano me robaba, con la otra se lo daba a los pobres.”

No sé si a don Hilario le parezca chistoso.   A mí me parece un símbolo de la decadencia brutal que el servicio público mexicano enfrenta hoy. Candidatos populacheros, majaderos, que confunden la actividad de la más grande caridad con un bailongo. Eso sí, bragaos como ellos solos: “Si gano y no cumplo –dijo– mándenme a ch… a mi madre compañeros, se los digo de frente porque así soy yo; ustedes ya me conocen”. ¡Eso es altura política! ¿Y el pueblo? Por favor, como el corrido de López Tarso: “¡Dispierten ya mexicanos!”