Por Fernando Pascual |

Para muchos es obvio que no todo puede decirse ni hacerse. Para otros, en cambio, hay dudas extrañas y selectivas sobre este tema.

Porque la mayoría estaremos de acuerdo en que una universidad no debe acoger una conferencia o una actividad que promueva el racismo, el odio, la violencia gratuita. Pero para algunos, un acto que implique pisotear y ultrajar elementos centrales del cristianismo, como la Eucaristía, sería admisible como parte del respeto a la libertad de expresión.

Sorprende la actitud de quien se rasga las vestiduras ante ciertos temas que van contra la convivencia humana y la sana libertad de expresión, mientras tolera o promueve otros temas que hieren profundamente el respeto que debe darse a los valores cristianos.

Por eso, hace falta un esfuerzo sereno y firme por defender, justamente, el respeto que merece el cristianismo en sus diversas expresiones. En ese sentido, impedir que en un centro universitario se realice un sacrilegio contra la Eucaristía es necesario, como también combatir cualquier forma de intolerancia arbitraria y agresiva contra minorías o contra personas inocentes.

La libertad de expresión tiene límites que no pueden ser superados en ningún país verdaderamente justo. En su ejercicio hay que buscar siempre “no herir la dignidad fundamental de las personas y de los grupos humanos, y de respetar sus creencias religiosas” (Benedicto XVI, Discurso a una delegación de la Academia de ciencias morales y políticas de París, 10 de febrero de 2007).

Sólo entonces lograremos ambientes sanos en los que sea posible un debate constructivo sobre tantos argumentos que nos interesan como seres humanos, en el respeto que merecen las personas y sus genuinas creencias religiosas.