Por Jorge Traslosheros H. |

Es terrible el silencio que las agencias de noticias occidentales, junto a no pocos líderes del “mundo libre”, mantienen en torno a la tragedia que se vive en la región noreste de Irak. Son profesionales y han sabido disfrazar su indiferencia con noticias aisladas y declaraciones grandilocuentes. Para saber y entender es necesario acudir a medios muy especializados, como por ejemplo, vaticaninsider.lastampa.it/es/, entre otros.

Un grupo de bandidos, usando el nombre de Dios en vano para dar cauce a innombrable violencia, pretenden recrear el poderío de los viejos califatos musulmanes, ahora bajo el disfraz de un nuevo Estado islámico. Con tal fin, de manera calculada y sistemática, emprendieron la persecución de las minorías religiosas entre las cuales los cristianos son su más notable objetivo, aunque no el único. Sus casas son marcadas con la letra “nun” del alfabeto árabe, con la cual designan a los “nazarenos”. Se les dan tres opciones: convertirse, huir o morir. Miles han escapado y los mártires florecen en racimos. Bajo cualquier punto de vista, estamos ante una brutal persecución religiosa con visos de genocidio.

La presencia de estas “minorías” en la región es milenaria. Las comunidades de religión yazidista se remontan a cuatro mil años y las cristianas habitan esas tierras desde los tiempos apostólicos.

Una vez más, son los líderes cristianos con presencia internacional quienes dan voz a nuestros hermanos, la cual resuena en los testimonios y exhortos de los fieles, sacerdotes, religiosos y patriarcas de las Iglesias apostólicas orientales, así como en las imágenes cuyo dramatismo es imposible exagerar.

El más notorio de estos líderes ha sido el Papa Francisco. Su decidida actitud, sus llamados a la solidaridad y sus denuncias han dado fuerza a diferentes voces hasta convertirlas en un solo clamor. Es el sucesor de San Pedro y es su deber, amorosamente asumido, concitar la unidad en la caridad. Ha llamado a la solidaridad internacional y personal, ha movilizado al cuerpo diplomático de la Santa Sede en cada rincón del planeta, así como a diversas agencias de asistencia de la Iglesia con capacidad para canalizar recursos y mandó al Cardenal Filoni como su representante personal entre los refugiados y desplazados iraquíes. Por cierto, Filoni fue nuncio en Irak y el único diplomático que no abandonó el país durante la segunda guerra del Golfo, raíz de la actual tragedia.

En el ángelus del domingo pasado, en consonancia con la doctrina de la Iglesia y del magisterio pontificio, el Papa denunció: “No se hace la guerra en nombre de Dios. No se lleva el odio en nombre de Dios… dejan incrédulos y consternados las noticias que llegan de Irak [sobre] miles de personas, entre las cuales hay tantos cristianos, expulsados de sus casas brutalmente; niños muertos de sed y hambre durante la fuga; mujeres secuestradas; violencia de todo tipo; destrucción de patrimonios religiosos, históricos y culturales”. Situación, agregó, que “ofende gravemente a Dios y a la humanidad”.

Al momento de publicar esta columna, Francisco estará en pleno viaje apostólico en Corea, entre cuyos motivos se encuentra la beatificación de 124 mártires. El martirio es la constante del cristianismo a lo largo de su historia y el más dramático de sus misterios. Las palabras de Tertuliano resuenan intemporales: “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”. Respondamos, entonces, al llamado del Papa sin olvidar que, la acción auténtica nace, se nutre y se acompaña de la oración. (#AdoptaChristian, @asianewsen,www.asianews.it)

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