Por Leo García- Ayala  |

La semana pasada, nuestra profesora de filosofía nos pidió un ensayo sobre alguna situación concreta de la vida que tuviera que ver con algún postulado de la “teoría del conocimiento”. En esa materia aprendimos que hay diferentes corrientes que tratan de dar respuesta a las grandes cuestiones que le atañen, por ejemplo: “¿es posible conocer?”, “¿qué puede conocer el hombre?”, “¿cuál es la fuente del conocimiento humano?”, entre otras tantas.

Una interrogante que saltó un día de clases fue: “¿Dios existe? y de ser afirmativa la respuesta, ¿lo podemos conocer?, ¿cómo?” Una postura de la teoría del conocimiento es que hay cosas que no se pueden conocer (los más radicales dicen que nada es conocible). Así que un compañero dijo tajante: “lo que no se puede conocer no existe”; otro secundó: “Dios no se puede conocer, por tanto no existe”. La maestra, que bien sabemos se autonombra “creyente, no practicante”, sonrió complacida.

A mí me sorprendió que esas cuestiones no importunaran a la mayoría indiferente de nuestra clase. Sutil señal de lo que alguna vez dijo Juan Pablo II: que vivimos una especie de “ateísmo práctico”, donde mucha gente dice creer en Dios, pero en la práctica vive como si ese Dios no existiera.

 

“Sin Dios, sin culpa”

Una amiga, Rebeca, que es además compañera en el grupo juvenil, redactó el ensayo que la maestra nos pidió, con un sugerente título: Ante el ateísmo práctico hay que vivir un cristianismo práctico. ¡Ahora sí se voló la barda! Ella tan callada que es en el salón de clases, particularmente cuando se trata de dar testimonio de su fe o platicar de las actividades del grupo juvenil de la parroquia.

Leyó: “Hoy en día hay pocos los que se definen explícitamente ateos. Sin embargo, en muchos sectores de la sociedad se va extendiendo una forma de impiedad que consiste en vivir como si Dios no existiera, es decir, el ateísmo práctico. Es el ateísmo de aquellos que se hacen llamar ‘neutros’ puesto que al preguntarles: ¿qué piensan de la religión?, responden inmediatamente: ‘no creo pero tampoco no estoy en contra’. Con todo ello nos lleva a pensar que ni ellos mismos saben si son ateos o no, pero como viven una vida light no se preocupan ni les interesa por saberlo, tal vez por el miedo a descubrir que hay algo más y que ellos no pueden ser o seguir así”.

Habló de que este tipo de ateísmo está tan arraigado en el hombre que “no cree en nada”, al punto que se ha olvidado de la condición espiritual que lleva en sí mismo y que lo hace distinto de los demás seres. Y nos citó al Papa Pablo VI: “Ciertamente, el hombre puede organizar la tierra sin Dios, pero al fin y al cabo, sin Dios no puede menos que organizarla en contra del hombre”.

Hay que “dar la cara”

Fue entonces que remató: “Es por ello que todos los cristianos debemos demostrar el compromiso de vivir realmente lo que decimos creer; mostrar con actitudes, con toda nuestra  persona, que Dios existe y que es él quien nos invita a vivir como hijos suyos. Es momento de entender y hacer vida lo que nos dice la Sagrada Escritura: No seas tonto y reconoce que si la fe que uno tiene no va acompañada de hechos, es una fe inútil. Vivir en justicia y rectitud, seguir lo bueno y aborrecer el mal; y vivirlo en alegría, porque no puede haber un cristiano triste;  debe ser entusiasta y optimista; y por supuesto, no se puede olvidar del prójimo”.

Cuando terminó de hablar (¡Nada menos que en una escuela pública!), todavía sonrojada, noté en ella una actitud nueva: miraba de frente a la clase, con la convicción de haber dicho una palabra que le quemaba y era preciso expresar. Ese día me dio una gran lección.