Por Jorge Traslosheros H. |

Francisco cierra el año vigorosamente, con una serie de encuentros en que ha dejado claro el proyecto que orienta a la Iglesia en nuestros días, lo que va más allá de su pontificado.

El común denominador de sus gestos y palabras ha sido la reivindicación de la dignidad trascendente del ser humano, temática desarrollada especialmente en sendos discursos ante el Parlamento y la Comisión europeos. Recibido entre ovaciones en ambos lugares, articuló su mensaje según la tradición profética judeocristiana.

Un Papa jovial, imagen de la primavera que experimenta la Iglesia, dirigió un fuerte mensaje en el cual podemos distinguir dos momentos: uno, la denuncia de una Europa sin esperanza, sumergida en una profunda crisis cultural al grado de no poder reproducirse ni siquiera biológicamente, “cansada y pesimista”, desorientada ante “las novedades de otros continentes” y; dos, el anuncio de un camino para recuperar el vigor humanista que ha distinguido lo mejor de su historia. Al decirlo, obvio, también señaló la hoja de ruta de la Iglesia en aquel continente.

En sus palabras resonaron los ecos de tres expresiones de lo mejor de la catolicidad europea del siglo XX, vigentes hoy como nunca antes: la profunda filosofía de la historia de Dawson, la visión de largo alcance de Adenauer, Gasperi y Schuman, padres fundadores de la Unión Europea, católicos sin complejos, y la sencilla sabiduría de Ratzinger.

Para salir de su crisis los europeos necesitan realizar tres movimientos: reconciliarse con su historia, explicado por el Papa a través de la metáfora del árbol cuyo tronco y follaje se alimentan de la profundidad y vitalidad de sus raíces; reaprender la dimensión trascendente de la dignidad humana y; construir su unidad sobre la base de la rica diversidad de sus culturas.

Desprendida de su historia, la cultura europea ha extraviado uno de sus más importantes aportes a la humanidad como son los derechos humanos. Cediendo a la idea utilitaria del Hombre, lo ha reducido a un engranaje de la maquinaria política y económica. Los derechos humanos han derivado en la flaca reivindicación del individualismo narcisista, expresión de “totalitarismos de lo relativo”, “eticismos sin bondad”, “intelectualismos sin sabiduría”, que promueve la “cultura del descarte”, justificando así el abandono de los más frágiles como migrantes, ancianos, enfermos, jóvenes y “niños asesinados antes de nacer”, sin mirar a las persecuciones de las minorías religiosas en el mundo, en especial si se trata de cristianos. Si los europeos se muestran incapaces de recuperar su raíz y reconocer la dignidad trascendente de cada persona, origen y sustento cierto de los derechos humanos, terminarán por perder su alma, es decir, el humanismo que nace del amor a la verdad.

Europa, ¡quién lo dijera!, se ha convertido ya en una de las periferias existenciales que requiere de urgente atención. Está perdiendo su motivación histórica, es decir, la esperanza, la más difícil de las virtudes según dijera el poeta Charles Péguy en los albores del siglo XX. Sus líderes, políticos e intelectuales, me recuerdan a la burra del caballerango quien, ufano, le enseñaba a no comer; pero justo cuando estaba aprendiendo, se le murió.

¿Por qué la Iglesia parece ser la única instancia que, sin perder de vista los duros problemas y las miserias de la humanidad, le mira todavía con esperanza? Una buena pregunta para meditar durante el Adviento. Al final de este tiempo, estoy seguro, encontraremos la respuesta.

P.D. Murió Vicente Leñero. Católico sin complejos, campeón de la libertad y fino “escribidor”. La fe también mueve las montañas del autoritarismo. Leñero, Dios te abraza. Ruega por nosotros.

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