Por Jorge Traslosheros |

Seguí de cerca el berrinche del gobierno mexicano contra el Papa Francisco, a propósito de su deseo de evitar la mexicanización de Argentina, expresado en mensaje privado a un amigo suyo. Me divertí mucho. Al final, me quedó la imagen del canciller Meade enrollado en la bandera, aventándose del escritorio.

Cierto, el Papa es líder espiritual de la religión con más seguidores en el mundo, uno de los hombres más importantes de nuestra dolorida humanidad y jefe del diminuto Estado de la Ciudad del Vaticano, por lo que ninguno de sus dichos pasa inadvertido. Sus opiniones pueden ser personales, pero nunca privadas. Sin embargo, lo que dice tiene distinto grado de importancia dependiendo del contexto, la intención y quienes escuchan. Es decir, las palabras de Francisco fueron significativas porque el gobierno mexicano las magnificó. Ningún medio internacional les dio mucha importancia hasta que el canciller puso el tema sobre la mesa, para sorpresa de propios y extraños. Ya no digamos para la diplomacia de la Iglesia que, por cierto, actuó de inmediato con sobrada caridad para desarmar el despropósito.

Sospecho fuertemente que la inopinada reacción del gobierno bien pudo ser en respuesta a una exigencia doméstica, para tranquilizar a poderosos grupos anticlericales, tan abundantes en los medios políticos y culturales del país, quienes aún sueñan con los tiempos de Plutarco Elías Calles. Es posible imaginar a uno de estos señores entrando en vendaval a la oficina del secretario de Gobernación, aflojándose el nudo de la corbata para gritar con afectada indignación: “¡Miguelito! ¿Ya viste lo que dijo el mugre jefe de esa potencia extranjera enemiga de México? ¡Exijo protesta y desagravio!” Tal vez consideraron la ocasión propicia para meterle de patadas al Papa y a la Iglesia, exaltando el patrioterismo nacional. Si tal fue la intención, calcularon mal. La reacción de la opinión pública en México y en el extranjero fue, en términos generales, de simpatía por el Papa, pues habló con la verdad sobre la situación Argentina.

El fraseo de la Cancillería mexicana se entiende bien desde esta perspectiva. En síntesis, expresaba “tristeza y preocupación” por las palabras del Papa pues podían “estigmatizar” a México, hiriendo los sentimientos de los mexicanos. Seamos sinceros. Fuera de esos trasnochados sectores anticlericales, resentidos por la reforma al Artículo 24 constitucional y el accionar de los católicos mexicanos en la sociedad civil, no veo quién pudiera sentirse triste, frustrado o estigmatizado.

El verbo mexicanizar no fue ocurrencia de un líder religioso despistado, con la aviesa intención de ofender a la madre patria. El verbo ya describe aquí, como en cualquier parte del mundo, una dolorosa situación de crisis nacional, derivada del poder del crimen organizado, la inseguridad, ausencia de justicia, crisis institucional y profunda desconfianza de la población en nuestros gobernantes. Las palabras del Papa no ofenden a nadie. Lo que afrenta es una clase política dispuesta a tapar el sol con un dedo. Sólo podrán redimir la injuria cambiando, con hechos, la realidad de las cosas. Por ejemplo, procurando y administrando justicia como Dios manda.

Obvio, siempre pueden existir otras explicaciones. Se me ocurre, por ejemplo, que algunos dentro del gobierno mexicano se hicieron hígado con los dichos de González Iñárritu al recibir el Oscar y, ante la imposibilidad de tocar al ícono cultural, se desquitaron con el Papa. Como sea, regaron el tepache.

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