Por Jorge TRASLOSHEROS |

La relación entre los políticos y la Iglesia nunca ha sido fácil, pero siempre será necesaria por una sencilla razón: la Iglesia es parte de la sociedad civil y no puede dejar de participar en la vida pública. La sana relación depende de evitar complicidades y manipulaciones. Durante su viaje, el Papa sorteó con habilidad los coqueteos de Rafael Correa y las provocaciones de Evo Morales.

Ecuador y Bolivia están sumergidos en procesos de transformación importantes, donde la palabra justicia es ampliamente utilizada. El éxito de los procesos está por verse y, si bien ya quedó claro que no son Venezuela, en ambos casos parece haber un déficit democrático importante. Así, la tentación de buscar el apoyo de Francisco fue inevitable.

Correa y Morales no son lo mismo, ni cercanamente. El presidente ecuatoriano no ha ocultado su simpatía por la tradición del catolicismo social de impronta latinoamericana; mientras que el boliviano se ha declarado hostil a la religión cristiana, de manera especial la católica, legislando y avanzando iniciativas contra la libertad religiosa de quienes profesan esta fe, es decir, la mayoría de los bolivianos.

Correa recibió al Papa con un notable discurso, en el cual dejó clara su inspiración socialcristiana: respeto a la vida desde el momento mismo de la fecundación, promoción y protección de la familia fuera de la ideología de género, el servicio a los desheredados, la protección del medio ambiente y refirió algunas acciones en curso. Recordó el magisterio de san Juan Pablo II sobre la hipoteca social de la propiedad privada, el propio del episcopado latinoamericano en sus reuniones de Medellín (1968) y Puebla (1979), si bien se quedó corto al olvidar su momento de maduración como fue la de Aparecida (2007). Citó con generosidad las enseñanzas de Francisco y recordó a los inolvidables obispos Oscar Romero, Leónidas Proaño (Ecuador) y Herder Cámara (Brasil), para cerrar con las palabras de don Herder quien solía recordar cómo, cuando ayudaba a los pobres le llamaban santo, pero cuando preguntaba por el origen de la pobreza lo acusaban de comunista.

Por su parte, Evo Morales fue poco elegante, mejor dicho, burdo. Regaló al Papa el ya célebre crucifijo comunista y lo presionó en varias ocasiones para que se declarara en favor de Bolivia en su diferendo con Chile por su salida al mar.

En ambos casos, las respuestas del Papa fueron elegantes y precisas. Dejó en claro que la misión de la Iglesia no está en participar en política partidista, sino reflejar la luz de Dios, explicándolo con una hermosa metáfora de viejo cuño. La Iglesia es a Dios lo que la luna al sol: su razón de ser es reflejar la luz. Cuando la Iglesia se oculta de Jesús, pierde sentido y se mundaniza. En esta lógica, confirmó el apoyo de la Iglesia a cualquier iniciativa a favor de los desheredados; pero pidió diálogo e inclusión pues sin éstos la justicia es tan sólo una quimera.

En el caso de Morales, además, respondió con un gesto muy a lo Francisco y dos peticiones. Regalar esa cruz comunista fue un burdo intento por manipular el martirio del jesuita Luis Espinal, asesinado en 1980 por una de tantas dictaduras militares. Si Evo lo quiso presentar como el cristiano que se suma a la revolución socialista; el Papa, minutos antes, había puesto las cosas en su lugar. Fuera de protocolo detuvo su auto y rezó en media carretera, justo en el lugar donde fuera encontrado el cuerpo del religioso. Recordó al jesuita eliminado por anunciar el Evangelio. Además, pidió a Morales respeto a la libertad religiosa de los bolivianos y tender puentes diplomáticos con Chile, sin provocar conflictos entre pueblos hermanos.

Francisco dejó claro el camino de la Iglesia en su relación con los políticos. Para los católicos es legítimo buscar el diálogo y la colaboración con las autoridades, porque somos parte de la sociedad civil en pleno ejercicio de nuestras libertades, especialmente la religiosa. Lo que en manera alguna debemos permitir es la complicidad y la manipulación. No es sencillo, las fronteras no siempre son claras, por lo que son necesarias dosis generosas de oración y discernimiento.

Lo que definitivamente queda prohibida es la indiferencia. Francisco sorteó con gracia los obstáculos y plantó dos temas de la mayor trascendencia: la familia y la justicia como elementos sustantivos en la lucha contra la cultura del descarte. Volveremos sobre estos temas.

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