Por Felipe ARIZMENDI ESQUIVEL, Obispo de San Cristóbal de Las Casas │

Según las estadísticas recientemente dadas a conocer, ha aumentado el número de pobres en el país, aunque se ha reducido la pobreza extrema. Sin embargo, la forma de medir los niveles de pobreza es relativa. Entre los Estados con mayor pobreza, están Chiapas, Oaxaca y Guerrero, sobre todo si nos comparamos con Nuevo León, el Distrito Federal y otras entidades.

Es innegable que, en nuestro Estado, hay muchas personas y comunidades donde hay niveles de marginación que duelen, preocupan y cuestionan. Hay todavía mujeres descalzas, niñas y niños si escuela, ancianos abandonados, casas de lámina y de tablas, pueblos sin luz eléctrica y sin carreteras, jóvenes sin estudio y sin trabajo, deficientes servicios de salud. El campo se abandona porque no es redituable cultivar maíz y frijol. Las plagas han afectado gravemente al café y al cacao. La migración no se detiene, pues muchas personas siguen saliendo a buscar mejores oportunidades de sobrevivir.

Por poner sólo unos ejemplos, Chalchihuitán, Mitontic, Simojovel, Pantelhó, Altamirano, Tila, Sitalá, Chilón y otros, tienen niveles graves de marginación. Faltan carreteras, luz, agua, escuelas, medicinas, apoyos al campo y oportunidades de trabajo.

Sin embargo, debo dar constancia de que sí ha habido progreso y muchas cosas han mejorado en Chiapas. Llevo casi veinticinco años en este Estado y he visto que por todas partes hay más carreteras pavimentadas, más escuelas y universidades, más centros de salud y clínicas, más electrificación, mejores casas. Muchos indígenas tienen luz y televisión, refrigerador y otros servicios; muchos de ellos acuden a la universidad. Por todas partes hay celulares, aún en los estratos más marginados. El turismo ha fortalecido la economía de algunos lugares. Lo que desalienta a muchos a visitar Chiapas es el exceso de topes y tantos bloqueos carreteros, que ni pagando nos dejan transitar.

Hace tiempo, debía cargar mi bolsa de dormir y acostarme sobre tablas o en el suelo; ahora por todas partes me ofrecen una camita para descansar. Aún en los pueblos más alejados, más casas tienen ya agua entubada, un sencillo baño, sillas y mesas donde comer; cuentan con refrigerador y otros servicios; tienen televisión de paga.

Alentamos a nuestras autoridades civiles a poner más los ojos y el corazón en tantos pobres, ancianos, migrantes y marginados que hay entre nosotros, evitando tanto gasto en publicidad política y electoral. Y que los pueblos y los grupos se organicen para luchar por sus derechos, siempre en forma pacífica y sin dañar a terceros que nada tienen que ver con su situación. Y que los padres de familia eduquen a sus hijos para que aprendan a trabajar, aun en cosas sencillas, y no se acostumbren sólo a pedir y a exigir. Quien no trabaja, dice la Palabra de Dios, no tiene derecho ni a comer. Con el trabajo de la familia, se puede salir adelante y no faltará el pan de cada día, aunque no seamos ricos. Dios no nos abandona.