Por Jorge TRASLOSHEROS H. |

Una de las cosas que más agradezco a la Iglesia Católica es que se tome en serio nuestra humanidad, justo ahora que se ha convertido en juguete del mercado y del Estado. La Iglesia levanta la voz a nuestro favor, sin regateos, queriendo abrazar la diversidad de situaciones que marcan nuestra historia social y personal. Así Francisco, con la reforma al proceso canónico de nulidad, volvió a colocar el matrimonio en el centro del debate público.

El matrimonio es una relación que nos imprime carácter como personas y se encuentra entre las más importantes que se puedan establecer entre un hombre y una mujer. Sin embargo, es tratada con frivolidad por la suprema autoridad del Estado encargada de impartir justicia, apreciable en dos puntos.

Primero, por considerar que la necesidad de fundamentar una demanda de divorcio es contraria al principio de libre autodeterminación del individuo, razón por la cual debe concederse automáticamente. El problema es que estamos ante un contrato civil que implica graves obligaciones. Cuando alguien incumple un contrato libremente establecido le llamamos sinvergüenza; pero en asuntos matrimoniales nuestros ministros le consideran héroe de la libre autodeterminación.

Segundo, cuando afirman que un matrimonio es cualquier relación entre individuos, sólo consiguen trivializarlo y vaciarlo de significado. En efecto, cualquier relación de auténtica amistad y consideración entre dos personas merece respeto e incluso protección legal, pero no cualquier relación puede ser llamada matrimonio, porque éste no es cualquier relación. Nuestros ministros no son una excepción, sino expresión de un ambiente de grupos culturales autorreferenciales. Es necesario, pues, abrir horizontes y recordar que el matrimonio evoca, para empezar, tres realidades.

1.- Es la unión natural de apoyo entre dos personas de distinto sexo que funda la familia a través de la procreación, o por adopción de manera excepcional. Se conoce como matrimonio natural y es la realidad fundante de la sociedad en su expansiva diversidad cultural. Por lo mismo, afirmar que uno de sus fines no es la procreación, como dicen los ministros, es un despropósito; como lo sería decir que solamente tiene esa finalidad. El error proviene de haber exagerado un aspecto de realidad hasta hacerlo determinante.

2.- Su importancia ha provocado que, en la historia, la autoridad lo reconozca y lo proteja, porque es de sentido común defender aquello que da vida a la sociedad. Entonces el matrimonio natural, que de suyo genera lazos familiares, se establece también como un contrato entre un hombre y una mujer (incluso en relaciones polígamas, excepción exclusiva de élites poderosas, la relación es uno a una). Este hecho antropológico deviene en realidad jurídica y le llamamos matrimonio legal. Cada tradición jurídica le otorga un lugar específico; pero siempre establece derechos y obligaciones.

3.- Las religiones, por su trascendencia, le han dado un sitio especial dentro del mundo sagrado y por eso le llamamos matrimonio religioso. Sólo que Jesús de Nazaret fue más adelante. Dijo que Dios lo estableció con bondad, entre un hombre y una mujer, sagrado y para toda la vida, porque sólo en un compromiso así la mujer y el hombre pueden llegar a vivir una relación de equidad y los fuertes proteger a los débiles, principalmente hijos, enfermos y ancianos. Por eso Jesús lo estableció como sacramento, esto es, una relación de íntima solidaridad entre Dios y los seres humanos, a través de la cual nos ayuda y expresa su voluntad. Seguiremos en próxima entrega.

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