Por Luis GARCÍA ORSO S.J |

Gabrielle es una chica de 22 años que ama la música; le pone feliz cantar en un coro y lo hace muy bien: posee una gran capacidad auditiva, mientras otras capacidades las tiene disminuidas, porque Gabrielle tiene el síndrome de Williams y diabetes. Ella pasa el mayor tiempo en una residencia para personas limitadas, para que su madre y su hermana puedan dedicarse a trabajar.

La directora del filme canadiense, Louise Archambault, ha observado muy de cerca instituciones que atiende a personas con discapacidades físicas e intelectuales, ha conocido el Coro Las Musasde Montreal, y nos ha querido hacer partícipes de la vida cotidiana y normal de esas personas, en particular de Gabrielle, la protagonista, que tiene ese síndrome de limitaciones y de salud en la vida real. Pero a diferencia de otras historias en que estas personas son objeto de lástima y de tristeza, aquí Gabrielle es la protagonista absoluta de una vida que respira ánimo, alegría, valor, decisión, “sin miedo a vivir” (como dice el subtítulo), a pesar de todos los obstáculos anexos a su enfermedad. Todo un acierto que la directora haya confiado el papel principal a la Gabrielle real.

Las personas con discapacidades no son menos personas, sino seres humanos con su dignidad, valores, capacidades, deseos, sentimientos, pensamientos; seres que aman y desean ser amados en verdad, no compadecidos o sobreprotegidos. Gabrielle despierta al afecto, al amor y al deseo sexual al conocer más a un compañero suyo del coro, Martín, también con leve deficiencia intelectual. Los familiares en torno a ellos se sentirán inseguros y temerosos: la madre de Martín tratándolo como a un niño y queriendo apartarlo de la amistad con la chica; la hermana de Gabrielle sintiéndose culpable de llevar adelante su plan de ir a vivir en la India con su pareja porque deja a su hermana. En estas dos figuras, los espectadores podremos también descubrir y confrontar nuestros propios estereotipos, miedos, prejuicios. Pero Gabrielle quiere hacer su vida y decidir ella como adulto, quiere hacerse adulto y no vivir como menor de edad dependiente, quiere llegar a ser una pareja con Martín, quiere romper con el miedo y ser una persona que ama.

Una historia tan transparente y auténtica está además arropada por la belleza de las canciones del coro. Juntos se preparan para un concierto con un viejo cantautor canadiense que en el ensayo con ellos canta: “Soy sólo un tipo ordinario, y ustedes piden que yo sea un dios. Pero yo quiero que todos seamos igualmente hermanos”. La sencillez y honestidad de esta historia que pone al centro como protagonistas a personas con capacidades limitadas y rehúye que las veamos con una mirada lastimera, cerrada, prejuiciada, nos ayuda a encontrar otro significado a la hermandad, la proximidad y la dignidad de las personas.