Por Felipe de J. Monroy, Director de Vida Nueva México │

Suele ser ligeramente incómodo que, al entrar de visita en un hogar, la casa esté completamente inundada, con apenas treinta centímetros de aire al techo. Básicamente no puede uno romper el hielo preguntando por el clima o comentando el partido de futbol de la tarde; con todo, conozco casos de personas que toman café importado y patisserie francesa mientras un tiburón hace círculos alrededor de ellos, lo hacen con mucha propiedad a pesar de esas penosas circunstancias. Incluso hay gente tan circunspecta –tan afianzada al protocolo- que cuando salta el tema del agua en la conversación puede atreverse a decir que apenas lo había notado.

Lo grave, sin embargo, no es ir de visita sino ser el anfitrión.

Casi siempre pienso en esto cada vez que se presenta un informe anual de administración: el dueño dejó encargada la casa y el administrador lo recibe así, con el agua hasta el cuello. El administrador tiene que informar al dueño sobre el mantenimiento, los gastos, los desperfectos y las intervenciones que se hicieron en ese tiempo y bajo su decisión en el hogar.

Como administrador sabes que es imposible sacar el agua y secar la casa. Principalmente porque no quieres abrir la ventana pues crees que en la corriente puedan salir los diamantes que arrancaste del fondo de las joyas del dueño. Tampoco das todo por perdido. Contrataste a dos amigos que van a buscar las piedras preciosas (les prometes una parte del botín) y se les ocurre que, para sacar el agua, pueden utilizar las cucharas de plata. Y, en efecto, cucharada a cucharada sacan algo de líquido, aunque sospechosamente han agotado ya todas las cucharas del juego de cubiertos porque nadie sabe qué termina pasando con ellas y ahora intentan sacar el agua con los tenedores de plata.

Tarde o temprano reparas en una verdad inefable: por algún lugar debe estar entrando toda esa cantidad de agua. Por lógica, encontrando el origen quizá se pueda parar la inundación desde allí. Contratas a alguien más para que explore todos los grifos, mangueras, tubos y drenajes (tú estás muy ocupado revisando el atuendo con el que recibirás al dueño y elaborando tu lista de invitados para que contemplen tu magnífico informe). Después de gastar todo el dinero que le diste, el hombre-buzo regresa de su profunda exploración para llevarte la noticia más impactante que has escuchado desde aquella otra que te dejó literalmente helado y que te dijo el científico que también contrataste: “El agua, al enfriarse, se congela”. El hombre-buzo te revela algo más aterrador: “El agua, viene de afuera”.

Patidifuso sientes que tus pies no tocan el suelo, luego reparas que en efecto no tocan el suelo porque el agua sigue subiendo. De inmediato le pides -¡No! ¡Le exiges!- al buzo que corrija esa situación pero te dice que él es buzo no fontanero. Concedes y te dispones a llamar a un fontanero pero el buzo te dice que solo hay un fontanero capaz de hacer el trabajo. Concedes nuevamente. Te dice que es su amigo y que le ayudó en su propia casa –aunque no te dice que el trabajo que le hizo el fontanero en su casa salió gratis porque le prometió que tú lo contratarías y que le pagarías con parte de los diamantes que aún están perdidos entre la inundación y que les tienes prometidos a esos dos idiotas que ahora ya están intentando sacar el agua con los cuchillos; sí, con los de plata (por alguna razón las cubetas de plástico no serían tan útiles para tus amigos cuyo trabajo es echar el agua hacia afuera).

Entonces llega el día. El dueño se apersona en la casa para que le informes el estado de sus bienes. Antes de recibirlo con esa sonrisa que has ensayado día y noche (redecoraste la casa con tus fotografías sonriendo, incluso pusiste una foto tuya enfrente del wáter) abres un poco –solo un poco- el grifo del baño para peinarte ese copete que te hace sentir todo un campeón.

Tienes todo listo: el café, las galletas… y unos popotes para respirar con ellos bajo el agua, solo si se complican las cosas.

Las preguntas que te hace el dueño son simples pero ánimo, no son preguntas difíciles. Si te pregunta por qué está toda esa agua allí, le dices que es un fenómeno global, que vaya a visitar otras casas para que constate y compare, que podrían estar peor. Si te pregunta por qué no has hecho nada al respecto es mejor que te indignes un poco, dices que has hecho todo lo posible, todo lo que ha estado en tus manos y le echas la culpa a los que sacaron el agua con los cubiertos de plata. Quizá el dueño te exija ver a esos rufianes y, ni hablar, le pides perdón porque se escaparon. Pero, ¡atención! Le cuentas de esa vez que recapturaste a uno de esos malhechores con las manos en la masa y lograste salvar a la casa inundada de la incertidumbre. Claro, si te vuelve a preguntar en dónde está, le explicas que se escapó otra vez porque el buzo le ayudó  a salir por un túnel subacuático.

Finalmente, quizá el dueño te llegue a preguntar por ese pequeño detalle que dejaste en el sótano y a oscuras. No te preocupes, finalmente sabes que son daños colaterales. Sí, es molesto que algún buzo no oficial haga hoyos por todo el piso y salgan a flote los cadáveres pero es comprensible, no todos pudieron comprarse un bote cuando las cosas empezaban a ponerse mal. Y eso te lleva a la último acto como administrador: le entregas la llave al dueño, le prometes que intentaste hacer lo mejor y hasta le pides disculpas por los esos pequeños errores (claro, aunque lo pienses ni le menciones que dejaste abierta la llave del grifo con el que te peinaste y lavaste la cara). Sales del compromiso, afuera te espera el yate que ¡sorpresa! el fontanero te ha regalado, así como así. Te aflojas el nudo de la corbata y dices con un discreto orgullo al decorador que te ayudó a colocar tu imagen sonriente hasta en las llaves de agua: “¿Viste? Nos comprometimos y, al final, hemos hecho mucho”.