Por Juan Gaitán | @FalsoConFalso

Hace un par de días regresé de misiones con un grupo de jóvenes de un colegio católico. Fuimos a la Sierra de Puebla a compartir la fe en comunidades de bajos recursos.

Después de cuatro días, los testimonios de los misioneros iban acompañados por lágrimas, por reflexiones profundas, por cuestionamientos que se dirigían a sí mismos.

Entonces le pedí a los alumnos: Piensa cómo estos aprendizajes van a transformar tu vida, qué nuevas decisiones vas a tomar, qué caminos preferirías andar en comparación con los que has andado hasta ahora. Intenta visualizar cosas concretas.

El gran riesgo de las festividades católicas

¿Por qué comento esto? Porque creo que el gran riesgo que corremos al participar de fuertes eventos religiosos es que pasemos increíblemente bien el momento, pero que todo se quede ahí, que al día siguiente nuestra vida siga siendo la misma.

¿Cuántos jóvenes no hemos asistido a misiones, cuántos no hemos visto el rostro de Cristo en los más pobres, y nuestra vida ha continuado como si no hubiésemos pisado nunca terreno sagrado?

¿Navidad cultural o Navidad cristiana?

Tenemos en nuestras manos ahora el caso de la Navidad que acabamos de vivir. Es cierto que todos los mexicanos –incluso todas las culturas occidentales–, de modo inevitable, participamos de una Navidad cultural. Aquí está el cuestionamiento: ¿nuestra Navidad fue meramente cultural o logró dar un paso más?

La misa el 24 o el 25 de diciembre y la cena familiar no son garantía de una Navidad religiosa (religiosa en el sentido de que nos re-liga con Dios y con el prójimo). Ni siquiera haber rezado tomados de la mano y arrullado al Niño Jesús.

Las fiestas de la Iglesia a lo largo de todo el año litúrgico son empujones para ir hacia delante, pero podemos esquivarlos fácilmente aun aparentando lo contrario. En la Navidad recordamos que el Hijo de Dios puso su casa entre nosotros. Para quien asume esta realidad, ¿no es esto algo sumamente transformador?

En el Adviento y en la Navidad hemos sembrado escucha, contemplación, generosidad. ¿Qué frutos quisiéramos que surgieran de eso? ¿Cómo vamos a abrirle el camino a la cosecha?

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