Por Julián LÓPEZ AMOZURRUTIA |

José Sánchez del Río, el mártir que en unos días será canonizado por el Papa Francisco, tenía 14 años en el momento de su muerte. Admirable resulta, sin duda, que a tan tierna edad se pueda dar conscientemente un testimonio extremo de la propia fe. En realidad, casos como el suyo se han repetido a lo largo de la historia de la Iglesia, y aún en nuestros días, en las cruentas persecuciones que tienen lugar sobre todo en Asia y en África. Se reconoce una aguda percepción de la propia identidad creyente, una seria vivencia de fe y una heroica generosidad en la hora crítica.

No son pocos, de hecho, los jóvenes, adolescentes y aún niños que han sido  reconocidos como santos. Poco más de veinte años tenían a su muerte cristianos tan conocidos como Teresa del Niño Jesús (24), Luis Gonzaga (23) o nuestro Felipe de Jesús (24). Con José será canonizada también Isabel de la Trinidad, mística destacadísima, fallecida a los 26.

Pero varios son menores de 20 años. María Goretti murió a los 11 año, víctima de un joven que intentó abusar de ella, y que tras purgar su condena y haber pasado un fuerte proceso de conversión, pudo participar personalmente en la canonización de su víctima. Domingo Savio, exquisito discípulo de san Juan Bosco –quien escribiría, hondamente conmovido, su biografía– perdió la vida cerca de su décimo quinto cumpleaños. Aún no han sido canonizados, pero los hermanos beatos Francisco y Jacinta Marto, videntes de Fátima, tenían respectivamente diez y nueve años cuando el Señor los llamó a su presencia. Entre los beatos nuestros también encontramos a los niños tlaxcaltecas Cristóbal, Antonio y Juan, mártires en tiempos de la conquista.

Lanzando la mirada hacia atrás, los testimonios son también abundantes. Entre los más célebres se encuentra el mártir romano Tarsicio, quien fue lapidado en la Vía Apia por defender el sacramento de la Eucaristía. De Roma también es mártir el adolescente Pancracio y el “niño inocente” Mauro. A los primeros siglos cristianos corresponden también, en lo que hoy es Italia, las santas Inés, Águeda y Lucía. De Tiro, en Fenicia, se recuerda a Ulpiano; de Flandes, a Geraldo. En España, los niños Justo y Pastor son patronos de la diócesis de Alcalá de Henares, y ya a finales del primer milenio es santo andaluz el jovencito Pelayo. De Inglaterra se recuerda al rey mártir Eduardo, también de finales del primer milenio.

En una perspectiva más amplia, también se cuentan niños y jóvenes en varios martirios colectivos, en diversos territorios y periodos de la historia.

Se puede debatir a qué edad una persona es religiosamente madura. Lo cierto es que estos ejemplos ponen ante nuestros ojos que la plenitud cristiana puede ser alcanzada independientemente de la edad, no a partir de criterios cuantitativos, sino ante todo cualitativos. En efecto, la virtud mostrada por quienes son reconocidos como santos prueba que a cada edad le corresponde una determinada capacidad de realización humana, y ello ocurre también en la esfera de la fe.

Juan pablo II reconoció la intensidad espiritual de los más jóvenes en su Carta a los Niños de 1994: “Jesús y su Madre eligen con frecuencia a los niños para confiarles tareas de gran importancia para la vida de la Iglesia y de la humanidad… Parece que el Redentor de la humanidad comparte con ellos la solicitud por los demás: por los padres, por los compañeros y compañera. Él siempre atiende su oración. ¡Qué enorme fuerza tiene la oración de un niño! Llega a ser un modelo para los mismos adultos: rezar con confianza sencilla y total quiere decir rezar como los niños saben hacerlo”.

Por ello, les decía: “Deseo encomendar a vuestra oración los problemas de vuestra familia y de todas las familias del mundo. Y no sólo esto, tengo también otras intenciones que confiaros. El Papa espera mucho de vuestras oraciones. Debemos rezar juntos y mucho para que la humanidad, formada por varios miles de millones de seres humanos, sea cada vez más la familia de Dios, donde tú puedas vivir en paz”.

Aquella intención mantiene toda su vigencia. La próxima canonización del pequeño José es un signo elocuente de ello.

 

Artículo publicado en eluniversal.com.mx el 7 de octubre de 2016. Reproducido con permiso expreso del autor, padre Julián López Amozurrutia.