En mis manos maternales
te dejo la curación
de todos tus hondos males
de alma, vida y corazón.

A ti dejo pecador
una gota de mi llanto;
recíbela con amor
que ella podrá hacerte santo.

En mi corazón materno
esconde hijo, tu escoria,
y cambiarás el infierno
que mereces, por la gloria.

Graba mi nombre en tu pecho;
y así cuando los gusanos
hayan tu cuerpo deshecho,
habrá una palma en tus manos.

Una mirada es la herencia
de tu madre. Pero luz
que ilumine tu existencia,
y tu calvario y tu cruz.

La casita de Belem
¿la quieres tú? Te la heredo,
pero arrulla al dulce Bien,
sencilla, humilde, muy quedo.

Mi pobreza, mi tesoro
es para ti sino anhelas
poseer plata ni oro,
ni por ellos te desvelas.

El Arcángel San Gabriel
me dio la suma alegría,
alegrémonos con Él
repitiendo “AVE MARÍA”.

Junto a mí tengo un lugar
que Magdalena ocupó,
¿sabes tus culpas llorar?
su lugar te heredo yo.

Juan, hijo de Zacarías
Juan, hijo de Zebedeo;
si tú quisieras serías
otro Juan… Yo lo deseo.

¿Mi carne? Yo te la doy
es tuya, la sangre mía;
¡aliméntate desde hoy,
con la Santa Eucaristía¡

Ama con inmenso amor
a Santa Ana y San Joaquín,
mis padres, así el Señor
te dará dichoso fin.

¡Mis ojos lloraron tanto!
si los quieres tuyos son,
llora con ellos tu llanto
y alcanzarás salvación.

Te heredo con mi sonrisa,
que te guíe como la estrella
a los Magos. Ve de prisa.
Camino al cielo, tras de ella.

El amor de mi José
fue el segundo amor de mi alma.
Ámalo tú: yo bien sé
que Él te alcanzará la palma.

Cuando la Cruz quedó sola
fue toda mía: ¿la quieres?
si en ella tu alma se inmola,
!vivirás cuando murieres!

Te heredo mi compasión,
para que, cuando acompañes
a Jesús en su pasión
en su sangre tu alma bañes.

Mi honda soledad es tuya
cuando la orfandad te hiera,
prorrumpe en un aleluya,
para que Jesús te quiera.

Mi manto azul te lo doy
para que no tengas frío…
él juntará desde hoy
a tu dolor con el mío.

¿Quieres heredar la espada
que traspasó el alma mía?
Tendrás tu alma alborozada,
en tu postrer agonía.

Te heredo, hijo, las huellas
de mis pasos por el suelo
son un reguero de estrellas
que va derechito al cielo.

Para cubrir tus horrores
te regalo mi sudario
si tú me cubres de flores
rezando el Santo Rosario.

Si quieres, hijo, ocupar
mi lugar en el Calvario,
puedes hacerlo al rezar
devoto el Santo Rosario.

Por Mons. Vicente María Camacho y Moya (1886-1943)
Séptimo obispo de Tabasco (México)