Por Tomás de Híjar Ornelas

Ver una injusticia y no hacer nada es no tener valor. Confucio

Esa fue la insólita palabra que usó el Papa Francisco, en la entrevista privada que sostuvo en Dublín, durante su visita pastoral a Irlanda en el marco del Encuentro Mundial de las Familias, con algunas víctimas de abusos por parte de la Iglesia en esa nación, cuya catolicidad fue todo un paradigma hasta el siglo pasado.

Aplicó ese término, que usan los niños para aludir a lo más asqueroso, a la corrupción y encubrimiento de las autoridades eclesiásticas, miembros de la Curia romana, obispos y superiores generales de religiosos y religiosas que asumieron una postura indulgente a favor de los clérigos y consagrados, varones y mujeres, cuya conducta les hacía incompetentes para el servicio que debían prestar.

Paralelo a ese lance, se hizo pública una insólita carta del arzobispo Carlo Maria Viganò, en la que pide al Papa Francisco su renuncia por encubrir a predadores de la talla del recién depuesto cardenal estadounidense Theodore McCarrick.

El obispo de Roma no ha esquivado el tema, pero tampoco se ha enganchado en él: pidió a los representantes de los medios de comunicación que a su regreso de Irlanda le interpelaron al respecto que luego de hacer una lectura personal de ese texto hagan sus conclusiones personales y ya con ellas él mismo responderá lo que convenga.

¿Qué está pasando y qué sigue? Sin poder predecir el desenlace de un capítulo más en esta avalancha de cieno apestoso que ha salido a flote, podemos prever tres horizontes: que la reforma de la Curia romana desemboque en una postura descentralizada que, ciertamente, por cuestiones históricas, ciertamente no tiene en este momento; que el Papa y los obispos asuman de una vez por todas el costo de una estrategia que además de fallida es ahora totalmente inoperante, la de encubrir a los miembros del clero y de la vida consagrada que no tengan la calidad moral y psíquica para atender su ministerio, y que los responsables de omisiones dolosas asuman las consecuencias de sus actos.

La tarea debe empezar de inmediato porque es ingente y lleva acumulado, como los establos de Augias que lavó Hércules en un solo día derribando un muro para que el caudal de un río se encargara del aseo de aquella sentina.

La clave para que ello sea posible, creemos, está en que los obispos recuperen la esencia de su misión desde la raíz etimológica de su encomienda: episcopus proviene del griego ἐπίσκοπος, que significa literalmente «el que vigila, el inspector, el supervisor o superintendente». Su tarea fundamental no es otra que supervisar al clero del territorio de su encomienda y tomar medidas enérgicas para dirigirlo siempre a favor de la comunidad.

Que los obispos lo sean implica que conozcan personalmente a cada uno de los miembros de su clero con un trato cercano, fraterno y solícito. Que vivan en el Seminario Conciliar o tengan en él un motivo de personal cuidado, de modo que los aspirantes al estado eclesiástico no les sean distantes o desconocidos. Que se atiendan de inmediato las situaciones que ponen en riesgo a personas vulnerables por su edad o situación emocional y que, llegado el caso, se hagan del conocimiento de la autoridad civil las situaciones que son de su estricta competencia para que aplique las sanciones que deriven de ello.

Para que tal cosa pase, la Santa Sede tendrá que modificar el esquema del que hasta la fecha se sirve en lo tocante a la elección de los miembros del Colegio Episcopal, que desde hace muchos años, cien por lo menos, casi nunca salen del clero a cuya atención se les asigna.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 2 de septiembre de 2018 No.1208