Por Luis Antonio Hernández, director de Voto Católico

Dos décadas después de la publicación de la encíclica Evangelium Vitae, que aborda diversos aspectos relacionados con la dignidad de la vida humana y su protección, la custodia y salvaguarda de la integridad física de las personas ocupa un lugar privilegiado dentro de las agendas políticas y sociales de la mayoría de las naciones del orbe.

En la actualidad prácticamente todas las constituciones de los estados democráticos ratifican el derecho a la vida; sin embargo, paradójicamente, nunca como en nuestros días la existencia y desarrollo de los seres humanos más vulnerables se ha visto tan amenazada.

La sociedad contemporánea atraviesa una enorme incongruencia cultural: por una parte, buscan garantizar una amplia protección del desenvolvimiento y seguridad de todos los ciudadanos, promueven importantes acciones encaminadas a sensibilizar a la población contra la guerra, la pena de muerte, el rechazo a la violencia en todas sus formas, llevar atención médica a los lugares más pobres y apartados, generar una conciencia ecológica.

En México, por ejemplo, el Presidente electo incluso plantea impulsar la cultura del perdón, como la estrategia fundamental para lograr la pacificación del país e incrementar los niveles de seguridad pública, pero simultáneamente diseñan estructuras jurídicas que atentan de manera directa contra la vida y la dignidad de las personas.

En los últimos años el desarrollo científico ha contribuido a abrir nuevas perspectivas que, revestidas falsamente como derechos inherentes a las libertades individuales, base sobre la que buscan ser reconocidos legalmente en el mundo, hoy constituyen renovadas amenazas a la vida, como el aborto voluntario, la eutanasia y hasta la democratización de las familias.

Lo anterior evidencia que el oscurecimiento del valor de la vida humana continúa siendo una de las características principales de la cultura moderna, donde el abuso de los más fuertes sobre los más débiles es la constante, como categóricamente lo expresó la legisladora argentina Natalia Soledad, durante el debate que para proteger la vida se llevó a cabo en el hermano país, hace algunas semanas.

Depende de nosotros, los creyentes y ciudadanos de buena voluntad, terminar con esta esquizofrénica contradicción en el seno de la misma sociedad, a veces en la misma familia, y animar la realidad temporal con la luz de la verdad, con las enseñanzas de San Juan Pablo II, en Evangelium Vitae (1995).

Aprovechemos el impulso de la llamada ola celeste para hacer del respeto a la vida y la dignidad de la persona humana la constante en las sociedades del siglo XXI.

No hay política más progresista que ser generosos con la vida. No hay política más progresista que defender la vida.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 2 de septiembre de 2018 No.1208