Por Jaime Septién

Utilizo el nombre de la película famosa de Luis Buñuel para intitular este artículo. Hoy, los olvidados no son «el Jaibo» y los personajes que acompañan esa desoladora mirada de la miseria mexicana, sino los buenos sacerdotes de la Iglesia católica.

¿Por qué lo digo? Por la desbandada de católicos –por ejemplo en Estados Unidos o en Chile, en Australia como en Irlanda, en México mismo— tras los últimos escándalos propiciados por nombres como el padre Karadima o el ex cardenal McCarrick, o por el informe del gran jurado de Pensilvania, que encontró 301 sacerdotes abusadores (y obispos que los encubrieron), con más de mil víctimas, la mayor parte, niños.

¿Es horrible? Claro que lo es. Merecen todo nuestro repudio, los que abusaron y los que taparon la mugre metiéndola debajo de la alfombra. Y desde luego nos incita la tentación de irnos, desentenderse, dejar la barca tambaleante de Pedro y voltear para otro lado.

Los periódicos de tirada mundial –pienso en el estadounidense The New York Times o en el español El País —se han regodeado en estos escándalos. Y hemos comprado la idea que «todos» los curas son iguales. ¿Solución? Eliminar el celibato; eliminar la Iglesia, la confesión, todo lo que implique «factor humano». Una solución bastante extraña. Sería como echar al mar una cosecha entera de manzanas porque algunas salieron podridas.

Chesterton decía que amaba a la Iglesia porque le permitía ser contemporáneo de los cristianos de hace 2,000 años, de Jesús mismo. No olvidemos, frente a esta crisis, la dimensión histórica de la Iglesia católica. No nació anteayer. Ni se terminará por McCarrick o por Karadima. Pensilvania no es todo el mundo. Hay razones fundadas –el sentido común entre ellas— para seguir amándola. No olvidemos a los buenos sacerdotes. Son un montón.

Cinco puntos que resumen la Carta del Papa Francisco al Pueblo de Dios del 20 de agosto ante los abusos de menores:

1 Aceptación

Con vergüenza y arrepentimiento asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas. Hemos descuidado y abandonado a los pequeños.

2  Asumir el dolor

La magnitud y gravedad de los acontecimientos exige asumir este hecho de manera global y comunitaria. Si bien es importante y necesario en todo camino de conversión tomar conocimiento de lo sucedido, esto en sí mismo no basta. Hoy nos vemos desafiados como Pueblo de Dios a asumir el dolor de nuestros hermanos vulnerados en su carne y en su espíritu. Si en el pasado la omisión pudo convertirse en una forma de respuesta, hoy queremos que la solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierta en nuestro modo de hacer la historia presente y futura.

3  Transformación eclesial

Es necesario que cada uno de los bautizados se sienta involucrado en la transformación eclesial y social que tanto necesitamos. Tal transformación exige la conversión personal y comunitaria, y nos lleva a mirar en la misma dirección que el Señor mira. Así le gustaba decir a san Juan Pablo II: «Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que Él mismo ha querido identificarse» (Carta ap. Novo millennio ineunte, 49).

4  Reconocer y condenar 

Ves imprescindible que como Iglesia podamos reconocer y condenar con dolor y vergüenza las atrocidades cometidas por personas consagradas, clérigos e incluso por todos aquellos que tenían la misión de velar y cuidar a los más vulnerables. Pidamos perdón por los pecados propios y ajenos.

5  Penitencia y oración

Asimismo, la penitencia y la oración nos ayudará a sensibilizar nuestros ojos y nuestro corazón ante el sufrimiento ajeno y a vencer el afán de dominio y posesión que muchas veces se vuelve raíz de estos males.

«Si un miembro sufre, todos sufren con él», nos decía san Pablo. Por medio de la actitud orante y penitencial podremos entrar en sintonía personal y comunitaria con esta exhortación para que crezca entre nosotros el don de la compasión, de la justicia, de la prevención y reparación.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 26 de agosto de 2018 No.1207