Por José Francisco González González, obispo de Campeche

El sábado 8 de septiembre celebramos el Nacimiento de María. El celebrarla nos hace tener conciencia de que de Ella salió el Sol de Justicia, Cristo, nuestro Dios.

El papa Juan Pablo II, visitando la región de Frascati (Italia) afirmó en 1980 que “esta festividad mariana es toda ella una invitación a la alegría, precisamente porque con el nacimiento de María Santísima, Dios daba al mundo como la garantía concreta de que la salvación era ya inminente”.

Desde la escena del Génesis, al ser expulsados del Paraíso, Adán y Eva recibieron una promesa divina: la salvación va a llegar, y la serpiente (encarnación del mal) va a ser vencida. El Nacimiento de María es la certeza, que la espera milenaria de la humanidad está ya cercana.

Por el Fruto del seno de María, la humanidad se va a liberar del dolor, del mal, de la angustia, de la desesperación. Ya no hay que temer. Sólo basta esperar y contemplar que la Salvación está ya cerca. La Luz, que nace de María, alborea los tiempos nuevos y definitivos.

DEVOCIÓN A “MARÍA NIÑA”

En algunas personas del pueblo católico existe la devoción a “María Niña”. Una devoción que tiene raíces bíblicas, pues Ella se convierte en punto de convergencia y de llegada de un conjunto de promesas divinas, que resonaban en el corazón mismo de la historia.

Esa Niña, que nace del amor de sus padres (la tradición les da el nombre de Joaquín y Ana), todavía pequeña y frágil, es la “Mujer” del primer anuncio de la redención futura, como se lee ya desde Génesis 3,15: “Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; éste te aplastará la cabeza, y tú le morderás a él el calcañal”.

Esa “Niña” es la “Virgen” es la misma que dará a luz al descendiente de David, en la ciudad real de Belén, quién será Señor de Israel (cf. Miq 5,1s).

Para esta vocación tan particular y única de María,  se debe a una llamada única de predestinación de parte de la Trinidad. Dios la ha predestinado a estar íntimamente asociada a la vida y a la obra de su Hijo unigénito. Por esto la ha santificado, de manera admirable y singular, desde el primer momento de su concepción, haciéndola “llena de gracia” (cf. Lc 1, 28); la ha hecho conforme con la imagen de su Hijo: una conformidad que, podemos decir, fue única, porque María fue la primera y la más perfecta discípulo del Hijo.

El designio de Dios en María culminó después en esa glorificación, que hizo a su cuerpo mortal conforme con el cuerpo glorioso de Jesús resucitado; la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo representa como la última etapa de la trayectoria de esta Criatura, en la que el Padre celestial ha manifestado, de manera exultante, su divina complacencia.

MARÍA, PUERTA DEL CIELO

Por tanto, afirma Juan Pablo II, toda la Iglesia se alegra  al celebrar la Natividad de María Santísima, que es esa puerta virginal y divina, por la cual y a través de la cual Dios, que está por encima de todas las cosas, hizo su entrada en la tierra corporalmente.

Hoy brotó un vástago del tronco de Jesé, del que nacerá al mundo una Flor sustancialmente unida a la divinidad. Hoy, en la tierra, de la naturaleza terrena, Aquél que en un tiempo separó el firmamento de las aguas y lo elevó a lo alto, ha creado un cielo, y este cielo es con mucho, divinamente más espléndido que el primero. Por eso, digamos: ¡Salve, María, Puerta del Cielo!