Por Tomás de Híjar Ornelas, Pbro.

Donde hay envidias y rivalidades,  hay desorden y toda clase de males. Santiago 3, 16

Así calificaba la fe católica el opulento judío alsaciano Alfonso de Ratisbonne hasta el jueves 20 de enero de 1842. Ese día, encontrándose en Roma, se le ocurrió merodear por un templo nada significativo de los muchos de esa metrópoli, el de San Andrés delle Fratte. Llevaba en el cuello, por un desafío que le propuso su amigo Teodoro de Buissières, una medalla Milagrosa, y, al ingresar a la capilla de San Miguel Arcángel, en dicho recinto vio cómo una esfera de luz estallaba en miles de fragmentos cegándolo en su destello, al tiempo que se sentía invadido por un amor a la Virgen María, a la que vio de pie ante él envuelta en luz y rodeada por los palpitantes rayos del sol.

De ese modo, insólito y sorprendente, tuvo lugar la única aparición mariana acaecida en Roma y una de las conversiones instantáneas más singulares de todos los tiempos, pues Alfonso, que ya estaba prometido en matrimonio con una prima suya, no sólo cambió de planes, sino que se hizo bautizar e ingresó a la Compañía de Jesús, donde se distinguió como un misionero infatigable y ejemplar el resto de su larga vida.

Cualquier estudioso serio de la historia del cristianismo sabe que el proceso de conversión –como el de san Pablo– muy rara vez se da de forma fulminante, pero también que cuando Dios lo permite sobrevienen lances que dan un giro a lo que parecía inevitable.

La Iglesia católica está pasando en este momento por un filtro que una vez más toca sus fibras más íntimas: la distinción entre el Papado y el Papa, que pone a prueba, en estos momentos, la postura férrea de dos mitrados: el arzobispo de Roma, Francisco, y el arzobispo titular de Ulpiana y ex nuncio apostólico en Estados Unidos, Carlo Maria Viganò, que exige la renuncia del Romano Pontífice.

Don Carlo Maria abona, y no puede ignorarlo, las consecuencias de una postura en la que pone en entredicho una institución humana –el Papado–, con atribuciones de institución divina desde ángulos teológicos diversos y variopintos, desde el titular de la mitra de Roma, que a partir del siglo VIII fue aglutinando una hegemonía rectora entre los obispos del mundo hasta consolidar lo que se recuerda como la Cristiandad Europea, que fracturó el cisma de Occidente hace medio milenio.

Su insólita postura en los tiempos modernos anticipa algo que era previsible en el marco de la reforma de la Curia Romana emprendida por el Papa Francisco y de la acumulación de malos humores que desde tiempo inmemorial se ha ido enquistando en la parte humana de esa institución divina.

Nos referimos, específicamente, al eurocentrismo católico, que en su posición más recalcitrante debe representarlo un curialista italiano de carrera, desconcertado ante la promoción al papado de un descendiente de italianos nacido en América y formado en la Compañía de Jesús.

Lo que Francisco y Carlo Maria Viganò tienen ahora ante sí es el modelo de la Iglesia y de la fe católica en un contexto globalizante, en el que la fe cimentada en el Evangelio debe deshacerse de esos obstáculos «insanos» que le han privado de ser, hoy como nunca, luz del mundo y sal de la tierra.

Nos referimos al clericalismo, contra el cual Francisco ha iniciado un combate desigual y profundo, pero necesario y inaplazable, del que derivará, esperamos, un protagonismo en el que los católicos no ordenados irán alcanzando una categoría de la que les han privado aspiraciones mezquinas aunque se encubran bajo la sotana.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 7 de octubre de 2018 No.1213