El poeta alemán Höelderlin se preguntaba en uno de sus grandiosos poemas, ¿de qué sirve la poesía en tiempos sombríos? La pregunta podría transformarse hoy en lo siguiente: ¿de qué sirve el periodismo, más aún el periodismo católico, cuando un niño muere de hambre en el mundo cada dos segundos?

De verdad, no es ocioso ni mucho menos el practicar este tipo de reflexiones. La salida fácil: lavarse las manos. «Yo cumplo con mi familia y pago mis impuestos». ¿Es eso lo que Jesucristo quiere de nosotros, que seamos «cumplidores»? Estacionarnos en la pura respuesta obligatoria es estacionarnos en la más ridícula mediocridad.

La teoría del «doble esfuerzo» que practican en el futbol americano (cuando un corredor está siendo detenido no deja de mover las piernas para avanzar una o dos yardas más) es nuestra obligación moral. Afuera de nuestra casa hay cientos de miles de personas que padecen hambre, especialmente niños y ancianos.

¿Es posible acabar con el hambre en el mundo? Claro que es posible. Por ejemplo, en México. Cifras de la red de Bancos de Alimentos (BAMX) hablan con elocuencia de la esquizofrenia en la que estamos metidos: a diario se tiran a la basura 31,000 kilos de alimentos que podrían dar de comer tres veces a la población que tiene hambre.

La campaña de BAMX, «Sobra más de lo que falta» nos pone en la perspectiva de lo que podemos hacer cada uno: no desperdiciar ni un gramo de comida; apoyar al que tenemos cerca y que tiene hambre; hacer caso a los bancos de alimentos de la localidad y fomentar en nosotros (no en los otros) la cultura de la austeridad. Lo más importante de todo: enseñar a nuestros hijos, a los más pequeños, que «dando es como se recibe».

TEMA DE LA SEMANA: UN PECADO SOCIAL QUE CLAMA AL CIELO

Publicado en la edición impresa de El Observador del 21 de octubre de 2018 No.1215