Ya no es una, son varias. Ya no son 3,000 personas. Pueden llegar a 15,000. Ya no vienen de Honduras, vienen de El Salvador, Guatemala… Algunos van a regresar, otros se van a quedar en México. Y los más osados, incluso los que quieren hacer daño, van a enfrentar a Trump, o se van a colar a Canadá.

Son las caravanas que han puesto en jaque al sistema migratorio internacional (no nada más a Estados Unidos o México) dejando al descubierto el rostro de la corrupción y la violencia que aqueja a nuestra región y a otras regiones del planeta. Lo que más duele es que en ellas van niños, viejos, discapacitados. Mujeres, hombres doloridos, machacados, apabullados por la pobreza.

Unos quieren deportarlos sin más. Son esos que han cerrado las puertas del corazón a las necesidades del otro. Esos que construyen muros y no construyen puentes porque no les da la gana. La Iglesia, tanto en Guatemala, pero sobre todo en México, ha mostrado que el Evangelio no es un mensaje, sino una acción de misericordia. Hasta la ONU, a través del ACNUR ha reconocido el papel fundamental de los templos, las parroquias, las diócesis y las arquidiócesis que, sin preguntar, movilizan ayuda. La Sagrada Familia también fue migrante.

¿Qué va a pasar con estos hermanos nuestros? No lo sabemos. No nos corresponde saberlo a nosotros. Mucho se especula sobre quién y para qué los ha subvencionado. Es difícil descubrir la verdad en un mundo de fake news, de noticias falsas. Lo único que nos queda, frente a este drama, es mirar los ojos de los niños y de los viejos, de las madres enloquecidas por el hambre y los discapacitados agotados por el viaje. Y tener lo que tiene que tener un cristiano: misericordia.

El Observador de la Actualidad

Publicado en la edición impresa de El Observador del 11 de noviembre de 2018 No.1218