Monseñor Franco Coppola, nuncio apostólico en México, opina que «acompañar» debe ser el papel de la Iglesia frente a los jóvenes

Por Chucho Picón

Monseñor Franco Coppola, ¿cómo percibe usted a los jóvenes mexicanos? ¿Cuáles son las necesidades que le externaron los jóvenes mexicanos en el marco histórico del reciente sínodo?

Vivo en México desde hace sólo dos años, así que no me atrevo a decir qué es lo que piden los jóvenes mexicanos de forma específica. Lo que yo pienso es que los jóvenes piden ser acompañados.

Los jóvenes tienen un claro sentido de su misión aun dentro de una cierta confusión, porque hay muchas luces, muchas sobras, muchas voces, muchos llamados. Están conscientes de que tienen en su mano su futuro, y el papel de la Iglesia es acompañarlos.

Las últimas palabras de Nuestro Señor antes de su Ascensión fueron: «Yo estaré con ustedes todos los días». Creo que la Iglesia será sacramento de esta presencia del Señor en la medida en que esté al lado de la gente, y en especial de los jóvenes.

Pienso que a los jóvenes no les cae bien una respuesta pre-confeccionada, un producto que tenemos ya hecho, o lo que siempre se hizo por siglos. Los jóvenes necesitan que los escuchemos y que les contestemos a su pregunta, en su situación particular.

Una página del Evangelio que me gusta muchísimo y que pienso que deberíamos de tener siempre presente es la de los discípulos de Emaús, donde Jesús se pone a caminar con estos discípulos que están desamparados, desilusionados, frustrados en sus esperanzas; no los invita a cambiar de rumbo, a regresar a Jerusalén, no. Se pone a caminar con ellos; a escucharlos. Escuchar lo que tenían dentro de su corazón, pero también, al mismo, tiempo, caminar con ellos, enfrentar la dificultad de caminar. Pienso que ése es el papel de la Iglesia. Caminar con los jóvenes, escucharlos.

¿Cuáles son los principales problemas que usted, monseñor Coppola, percibe en México?

Una de las cosas que me llamó la atención cuando comencé a pensar en México, cuando el Papa me propuso ser el nuncio, es que siendo éste un país con tanta población católica, con una fe tan poderosa, tan presente, que se ve y que se siente, al mismo tiempo fuera un país con contradicciones terribles.

Es el segundo país después de Siria con más asesinatos, aunque Siria está en guerra, por lo que México es el primer país del mundo que no está en guerra donde hay más asesinatos. Y también diferencias sociales terribles; yo vengo de África, y allí yo no vi ni percibí que hubiera personas que murieran de hambre; personas que estuvieran mal alimentadas, sí, porque comían lo que podían arrancar de los árboles, de la naturaleza; pero nunca me he encontrado allá con el problema de morir de hambre. Aquí, en México, sí.

Hay una gran ciudad en México, no digo cual, donde el obispo y el alcalde, dos autoridades diferentes, coincidieron en decirme que en sus hospitales cada tres días una persona muere de hambre. Aquí, en México.

Pienso que tenemos mucho que hacer. Seguramente es un país con una gran religiosidad, pero esta religiosidad tenemos que pasarla en la vida, y, como el Señor dijo, «Yo he venido para que tengan vida». El testimonio de cada cristiano del 80% que se dice católico en México debe ser difundir vida, dar vida.

¿Cuál es su mensaje para los católicos respecto del tema de los migrantes? ¿Cómo recibirlos, cómo atenderlos?

Pienso que si miramos a la historia de la salvación, es una historia de inmigraciones. A Abraham el Señor le pidió salir de su tierra e ir hacia una tierra que no conocía. El éxodo de los judíos desde Egipto hacia la tierra prometida.

El camino de la historia es una historia de migraciones. Es normal, es natural. Los judíos, para acordarse de esto, siempre en su mesa tenían un lugar más, libre, para la eventual persona que estuviera de paso, para ofrecerle algo de comer.

Pienso que eso tenemos que reavivarlo en nuestra memoria. Puede ser que nosotros mismos seamos hijos de migrantes, de personas que han cambiado de país.

La acogida, el don de la vida otra vez, es algo que hemos recibido del Señor y que tenemos que compartir.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 11 de noviembre de 2018 No.1218