Robert Redeker es un filósofo francés, nacido en 1954. Es famoso porque en sus ensayos no tiene miedo de analizar la realidad aunque ello signifique ir en contra de las ideologías imperantes; y, aunque a causa de esto viene recibiendo frecuentes insultos y hasta amenazas de muerte, no teme seguir razonando aunque ello signifique continuar marchando contracorriente. Ha publicado, entre otros, los siguientes libros: El progreso o el opio de la historia, Depresión y filosofía. Del mal del siglo al mal de este siglo, El poder del deporte, y Egobody, la fábrica del hombre nuevo. Como complemento de este último, escribió Bienaventurada vejez, un libro punzante y contundente que devuelve a la ancianidad el valioso lugar que le corresponde

La idea que plasma Redeker en Bienaventurada vejez destaca que la ancianidad no tiene por qué suscitar temor y represión, como viene sucediendo actualmente en nuesta civilización. Esto se evidencia, por ejemplo, en esa extendida obsesión por vivir aparentando que se es eternamente joven, tanto en en el aspecto corporal, en la forma de vestir y hasta en el estilo de vida.

En el tiempo actual la vejez se ve como frustración, negación de la vida, e incluso como muerte antes de
la muerte.

Por el contrario, tanto en el pasado reciente como en el remoto, la vejez era preparación para un tránsito a otra vida, es decir, el umbral de otro porvenir. Hoy, en cambio, hay una pérdida del sentido de la trascendencia; por eso puede decirse que la negación de la vejez es la consecuencia de haber expulsado a Dios de nuestras vidas. Así, dice Redeker, desde el momento en que Nietzsche declaró muerto a Dios, se dio una corriente de «antihumanismo» que odia todo lo humano, incluyendo el desarrollo natural de su curso de vida.

La visión de la vejez como edad de sabiduría y plenitud tiene, pues, cada día menos importancia. Pero, al mismo tiempo, cada vez hay más viejos; y, para encajar en este mundo, ellos mismos se niegan a reconocerse como tales.

La sociedad ha perdido de vista que el temor y rechazo a la vejez en realidad nos aparta de la condición humana y de la vida misma en su plenitud. No se puede aspirar a una felicidad humana plena sin la vivencia y la valoración de la vejez.

Gracias a la lentitud y el ocio, la vejez es un tiempo privilegiado para la meditación y la reconciliación. Igualmente, la edad avanzada obliga, tarde o temprano, a abandonar vanidades y apariencias, lo cual ayuda a la persona a ser más libre y más sabia.

Ya por sólo esos aspectos la vejez es bienaventurada, y por ello Redeker anima a saber aceptarla para asumirla y vivirla.

Pero no sólo eso: si es comprendida en su justa dimensión, la vejez garantiza la conservación de las raíces que la sociedad se empeña en destruir y de la que ya no quiere oír hablar. Por ello es tan necesario salvar la vejez del aniquilamiento, pues sin ella la civilización está en peligro de extinción.

Es en la vejez donde está el porvenir y la salvación del mundo. Redeker resalta que no hay nada más humano que llegar a la ancianidad, y expone, en resumen, tres de los más grandes valores que tiene la vejez, que hay que proteger y celebrar:

  1. La sabiduría que trae la experiencia. Es el gran valor de los ancianos que en las antiguas comunidades eran llamados sabios y prudentes.
  2. El testimonio del pasado en el presente. Los viejos son parte de la memoria histórica de los pueblos y, por ello, indispensables para la evolución de cualquier nación.
  3. La posibilidad de transmitir. Siempre tienen algo que contar y enseñar a los más jóvenes, aunque su información parezca obsoleta.

Redacción

PALABRAS DE REDEKER

«Durante muchos siglos la vida del hombre estuvo constituida por tres dimensiones: dimensión del alma, dimensión psicológica —el yo— y dimensión del cuerpo. A finales del siglo XIX y a comienzos del XX abandonó el alma, y hoy abandona el yo para quedarse solamente con el cuerpo».

«Es un cuerpo… que se fabrica a través de la imagen, del deporte, para lograr su mejor desempeño; y del supermercado, porque a todos los productos se les añaden cada día componentes nuevos para regenerarlos y repararlos, y no se les permite ser naturales».

«Vivimos en una civilización que nos hace creer que libera nuestro cuerpo natural, cuando, en realidad, nos esclaviza a un cuerpo fabricado que probablemente nunca llegará a ser como el de los modelos que se imponen, pero que no cesa de buscar perpetuarse. Es decir, de alcanzar una falsa inmortalidad».

«Hoy se nos está privando de la experiencia de la edad y con ello de la vejez. En las nuevas dinámicas a las que sometemos al cuerpo, en el fondo lo que hay es la fantasía de una juventud eterna, y en la juventud no hay, por ejemplo, enfermedades fatales. Aunque no es grato pensar en los dolores y las implicaciones de las enfermedades de la vejez, lo que ellas encierran son experiencias para terminar de descubrir o redescubrir el propio cuerpo».

«Biológicamente vamos a morir, no hay duda, por más esfuerzos que se hagan para evitarlo. Lo que sucede es que, con estos cuerpos fabricados, las personas van a querer aparentar siempre que son mucho más jóvenes. Así van a reducir la experiencia de su vejez para preservar la vida que han estado viviendo».

«La antropología demostró que el descubrimiento de la muerte fue el paso fundamental de la animalidad a la humanidad. Así que el riesgo es olvidar que somos mortales y, con ello, humanos».

TEMA DE LA SEMANA: BIENAVENTURADA VEJEZ

Publicado en la edición impresa de El Observador del 11 de noviembre de 2018 No.1218