Janet Aguilar Rivera es una joven de 20 años de edad, misionera, originaria del municipio de Colón, Querétaro. Inició su servicio misionero a los 11 años de edad en la Basílica de Soriano con adolescentes y jóvenes. El deseo de transmitir la buena nueva a todos los chicos de su edad la motivó a buscar un espacio dentro de las ligas misioneras. Hoy se encuentra estudiando pedagogía a fin de continuar sirviendo a los más vulnerables. El Observador de la Actualidad conversó con ella

Por: Mary Velázquez Dorantes

Janeth, ¿Cómo decides seguir a Jesús desde la vida misionera?

▶ El objetivo principal de una chica misionera como yo ha sido el poder transmitir la buena nueva a los jóvenes, rescatar de cierto modo a nuestra juventud que poco a poco se empapaba de hábitos malos o simplemente se encontraban abandonados espiritualmente.

Yo inicio en un grupo de trabajo misionero en mi Basílica donde se encuentra nuestra Señora de los Dolores, en Soriano. Allí comprendemos que para hacer crecer el grupo debíamos tener una preparación; así que hubo algo muy importante en mi vida que me marco por completo: el encuentro con Cristo misionero, donde, sin duda, fue el momento en el que sentí realmente un anhelo por seguirlo, por no desertar.

Pero aquí lo importante es que día a día lo conozco, y para mi conocerlo es abrir los ojos y ver el rayo de luz del día, es depositar toda mi fe en Él.

¿Cuál ha sido tú historia de vida en el camino de la liga misional?

▶ Mi pequeña espinita del servicio misionero nació justamente cuando yo tenía 11 años. Me invitaron a formar parte de un grupo de jóvenes donde accedí a integrarme con ellos. Puedo decir que yo no sabía realmente qué era lo que se hacía. Nos reuníamos todos los sábados, las mismas reu-niones eran para fortalecer nuestra fe, convivir sanamente e inclusive hacer planeaciones sobre integrar a la sociedad y a nuestros demás jóvenes de alrededor.

Mi primer experiencia con el grupo juvenil fue hacer colectas de ropa, juguetes y despensa, para poder llevarlos a una lejana comunidad; sí, a esas comunidades alejadas y olvidadas. Mi municipio queda a una hora en carro y de ahí tuvimos que caminar alrededor de cuatro horas para llegar a la pequeña comunidad que se componía de siete casas con una distancia considerable entre una y otra. Al llegar, puedo compartir que sentí el nudo más doloroso en la garganta al ver el nivel de pobreza.

Al terminar la estancia ahí pude ver que era sin duda el lugar más pobre al que había jamás ido, pero que eran ricos en fe, que nunca faltaba el dar gracias a Dios por un plato de arroz o de sopa, bendecir los árboles y todo aquel paraíso para ellos. A partir de ello quise transmitir a Dios, pero sin duda ellos me lo transmitieron a mí como nunca lo imaginé. De ahí obtuve mi preparación para per-tenecer oficialmente a la liga misional juvenil. En el año 2016 viaje a Guadalajara a un encuentro de dirigentes, es decir, asistían todos los que dirigían a los grupos de liga misional juvenil en toda la República. Fue una de las experiencias más maravillosas que he tenido, el encontrarte con esa juventud que ama su fe, y que, sobre todo, transmitía su alegría y la motivación para seguir llevando la misión hasta los lugares más lejanos. Han sido muchos los momentos que la liga me ha generado: servicio en campamentos para niños, misiones, entrega de colectas de ropa y juguetes, apoyo en marchas juveniles, y puedo afirmar que mi misión no ha terminado: sé que puedo seguir edificando un camino donde mi fe llegue a los confines.

¿Qué significa el encuentro joven con el amor de Cristo vivo y misionero?

▶ Es la acción y momento más hermoso que un joven puede tener. Sobre todo, puede experimentar. Es uno de los momentos más íntimos entre tú fe y tú misma persona; es una oportunidad de reconciliación para muchos, para poder soltar toda esa carga que muchas veces los aleja de su fe y la entrega por la misión; es una carga llena de «el qué dirán sobre todo», de miedo, y de hasta cierto modo de pena, pero, como puedo mencionar, es el momento en el que dejas completamente a un lado todo y ahora eres tú: un amor infinito y tu fe en Cristo Misionero. Estas cosas no tienen límites cuando el mensaje de amor realmente invade el corazón del joven.

Es saber también que no es un Dios que castiga, que jamás se ha hecho presente como algunos pueden sentir, al contrario, ahí es justo el momento y la oportunidad de darnos cuenta en realidad que es un Dios vivo, sobre todo en la Eucaristía, donde para llegar a ello no hace falta la experiencia ni siquiera los lujos, simplemente la entrega y confianza en depositar mínimamente tu día a Él y dejar que Él moldee a partir de ese momento nuestro camino; es el momento de la aceptación.

¿Cómo compartes el mensaje con otros jóvenes sobre el trabajo misionero?

▶ Que el amor de Dios es eternamente infinito, que vale la pena entregar gran parte de tu vida a Él, que nunca tengan miedo de expresar sus ideas ni mucho menos a transmitir su fe. El amor y entrega al servicio es realmente para los fuertes. Dios destina un rumbo y una misión para cada uno, y nunca hay que tener miedo de tomar y aceptar nuestro compromiso; al contrario, es la experiencia más grata que en su vida podrán expe- rimentar. Cristo en los otros: mi servicio como animadora misionera en la Liga Misional Juvenil (OMPE) en México me ha dejado la alegría de vivir, de servir al otro, de estar con el otro.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 16 de diciembre de 2018 No.1223