Por Francisco Prieto*

Se anuncian tiempos difíciles para México ahora que tomará posesión de la presidencia una persona autoritaria con tendencia a mentir, habilísima en todo lo concerniente al poder, insegura y con un fondo de resentimiento social.

A ello se suma que tiene las Cámaras controladas por gente que constituye no un partido político sino un movimiento y una parte importante del poder económico que arrastra la herencia del servilismo propio de los que vivieron buena parte de su existencia en torno al gobierno de un partido hegemónico.

El caso es que si algo ha hecho posible que nuestra nación haya sorteado peligros se debe a las instituciones, y son éstas, precisamente, las que están en peligro cuando un caudillo se propone diseñar la nación según su proyecto y pasar por encima de ellas. Y el problema es grande: América Latina se ha desarrollado entre el relajo y la revolución a falta de la construcción de un estado de derecho. En México, la nación más antigua de América que contribuyó con actores de primer nivel en lo que se llamó el Siglo de Oro Español, lo ha salvado siempre el peso de la historia —¿cuántos países de Hispanoamérica no son, en rigor, naciones, a diferencia de México?—, la herencia católica, las redes familiares, los más de trescientos años de fecundación mutua entre la sensibilidad de las culturas originarias y la cultura europea. Y el problema es que todo ello se encuentra hoy en un frágil equilibrio.

A pesar de todo ello, es posible la organización de una resistencia que acabe por vencer la tentación totalitaria —en tiempos de confusión, mucha gente tiende a inclinarse por un «fuehrer»—. Los esfuerzos, a juicio mío, deben encaminarse a que, desde las organizaciones ciudadanas, los medios de comunicación que se respeten a sí mismos —y que los hay y vienen dando muestra de ello—, los empresarios sensatos, intelectuales y artistas coincidan en un punto fundamental: la ley hay que respetarla, y cambiar las leyes requiere de procesos de auscultación serios y transparentes a cuyos resultados deben de someterse los legisladores.

Las naciones europeas, y también los Estados Unidos, han mantenido viva la democracia por el respeto al estado de derecho. Y nosotros estamos regresando a los caminos sin ley que describió Graham Greene en su actualísimo reportaje, cuando estábamos al filo del agua, intitulado, precisamente, The lawless roads.

Hay que luchar, desde luego, contra el predominio de «la gente» por sobre las personas. La «gente» es una abstracción porque, en la raíz, es nadie y nada.

Meterlo a uno dentro de la «gente» es, en realidad, una falta de respeto, un menosprecio imperdonable. Quienes verdaderamente conforman el pueblo viven desde raíces comunitarias y diferenciadas y se encuentran con otros desde la diferencia. Y otra lucha que habría que emprender unidos es por la alta cultura: que la filosofía vuelva a los estudios en la enseñanza media superior, que las humanidades conecten a los diversas facultades universitarias, que se fomente la lectura a lo largo y ancho de la nación. Luchar por una real reforma educativa cuyo núcleo sea, como enseña Rob Riemen, la formación del alma, lo que estuvo en la raíz, el principio y fundamento de la universidad europea y del pensamiento crítico. La democracia, no se olvide, tiene su raíz en el Cristianismo, con su consecuencia de considerar al concepto de cultura como uno analógico y de ninguna manera unívoco ni equívoco.

*Novelista

TEMA DE LA SEMANA: DE CARA A LOS PRÓXIMOS SEIS AÑOS

Publicado en la edición impresa de El Observador del 2 de diciembre de 2018 No.1221