Por Tomás de Híjar Ornelas, Pbro.

Habría que añadir dos derechos a la lista de derechos humanos: el derecho al desorden y el derecho a marcharse.

Charles Baudelaire

El discurso de toma de posesión del nuevo presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, del 1 de diciembre del 2018, se dio en un marco de saturación simbólica que vale la pena repasar antes referirnos a su esencia.

Lo que casi todos vimos desde la comodidad de las pantallas como parte de un engarce televisivo que ahora es moneda corriente y le permite a uno ser testigo de los hechos al tiempo que se van dando y filtramos a través de los elementos de formación personal y experiencia a nuestro alcance en la ceremonia en la que fue investido el nuevo representante del Poder Ejecutivo en México, tuvo como exordio peroratas incendiarias de algunos miembros del poder legislativo federal a favor o en contra del nuevo mandatario.

Los gestos y conductas protocolarias del rito cívico hicieron lo suyo aderezándolo de un tinte agridulce que no fue ni grandilocuente ni triunfalista, como en los tiempos de gloria del tantísimos años partido oficial del gobierno. Tampoco controversial y de choque como cuando se dio la ruptura con el régimen corporativo.

Muy digno de tomarse en cuenta fue que el acto lo encabezara, actuando como presidente de la Cámara de Diputados, un Porfirio Muñoz Ledo, a sus inocultables 85 años de edad, flanqueado por Enrique Peña Nieto, de 52, y por López Obrador, de 65, los tres de formación y extracción priista pero representantes de tres generaciones de políticos modelados en la forja de la participación democrática, nacida en el país luego de la sangría larga de movimientos armados que lo cimbraron largos años del siglo XX, mutilada por ese matiz entre el derecho y el hecho que hoy forma parte de nuestra cultura y converge en el mismo atolladero, la corrupción.

De tal grado fue la esencia del mensaje del nuevo presidente de México: presentar su versión personal y simple de los grandes capítulos de nuestra historia reciente como una sucesión de tortuosidades y descalabros que exhiben el fracaso del principio democrático en un Estado que, aun cuando suene pretensioso decirlo, nació en el crisol cultural más abigarrado de todos los tiempos y que tal vez por ello sigue fragmentado en miles de pedacitos.

En efecto, a punto de rememorar cómo hace 500 años (1519) esta parte del mundo se agregó a los dominios del trono español y fue bautizada como la Nueva España, iniciando un proceso de consolidación de una cultura en la que América, Europa, África y Asia se fusionaron desde el siglo XVI de forma inextricable, se impone ahora tener una explicación suficiente a lo que nos ha impedido crecer en la democracia participativa.

Añadamos a ese vacío otro dato duro: la fusión entre el altar y el trono, consolidada por la teocracia prehispánica gracias a la fusión del cristianismo y sus instituciones aun cuando la legislación civil se desligó de forma absoluta de la religiosa, sigue manteniendo entre nosotros, de forma sutil pero viva, la separación entre lo sagrado y lo profano.

Y eso fue el primer mensaje del Presidente López Obrador al pueblo de México, un cruce de horizontes desde un planteamiento único, el suyo, según el cual él y sus simpatizantes producirán la cuarta transformación de la vida pública de México.

Que el futuro de un pueblo penda de la congruencia de una sola persona es el peso enorme que AMLO se acaba de echar encima. También, el deseo nuestro de que lo sostenga hasta las últimas consecuencias, a saber, que de una vez y para siempre se erradique la corrupción.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 9 de diciembre de 2018 No.1222