Las consecuencias de las apariciones de la Virgen en el Tepeyac fueron enormes. Uno de los primeros misioneros franciscanos, fray Toribio de Benavente, afirmaba ya en 1537, sólo seis años después de Guadalupe, que nueve millones de nativos habían sido bautizados. En cambio, la evangelización de otras posesiones españolas y portuguesas tomó siglos.

Los españoles obtuvieron la victoria sobre el Imperio Azteca en 1521; pero a partir de entonces, aunque había conversiones, como la de Juan Diego, eran lentas y escasas. Además existía un peligro real de una rebelión armada por parte de los aztecas contra los conquistadores poco antes que la Madre de Dios se apareciera en 1531. Así que fueron esas apariciones las que cambiaron radicalmente la historia en México.

Dios no multiplica milagros innecesariamente; si México se hubiera podido convertir a la fe verdadera sin necesidad de una intervención sobrenatural, Él habría dejado que los acontecimientos se desarrollaran de forma natural. Así que si envió a María fue porque era necesario. Y entre los muchos regalos dados a todo el pueblo a través del acontecimiento guadalupano pueden mencionarse:

La llegada de Dios verdadero.

La Virgen se ha manifestado en bastantes ocasiones y lugares (Zaragoza, Fátima, Pontmain, Akita, Banneux, Lourdes, Kibeho, La Salette, etc.), pero sólo en el Tepeyac apareció encinta.

Y los indígenas pudieron leer claramente en el ayate que Ella es Virgen, y por ello trae el cabello suelto; y, al mismo tiempo, que es Madre, pero no de cualquier persona sino Madre de Dios.

Ellos vieron el nahuí ollín o flor de cuatro pétalos sobre su vientre, que representaba para los aztecas la Morada de Dios, el centro del universo, el ombligo de la historia, la plenitud del tiempo y del espacio.

El fin de los sacrificios humanos y del miedo.

La clase dominante civil y religiosa había convencido a los nativos de Mesoamérica de que el universo sólo podía sostenerse asesinando personas en ofrecimiento a sus variados dioses. Entre los aztecas solamente cinco días, del 28 de enero al 1 de febrero, se dejaban de hacer sacrificios humanos; cada año ofrecían al menos 20 mil víctimas.

El individuo común vivía con miedo; por un lado, temía que él mismo o que un hijo, hija, otro familiar o un ser amado fuera apresado para ser sacrificado; y, por otro, se angustiaba por aquello que le habían inculcado hasta la obsesión: que el universo se sumergiría en tinieblas o que incluso llegaría a su fin por falta de holocaustos.

Pero en 1521, al caer la gran Tenochtitlan, acabaron los sacrificios humanos por orden de los conquistadores.

Tras la desolación, el retorno de la esperanza.

La abolición de los sacrificios humanos fue el golpe más tremendo: los indígenas pasaron de la angustia de no poder seguir asegurando la supervivencia del universo, a la decepción de descubrir que el sol seguía saliendo cada mañana, y que el mundo no se acababa.

¡Tantas generaciones habían matado y hecho guerras basándose en una mentira, en un vil engaño! Y ahora veían claro que aquellos dioses a quienes habían servido no tenían ningún poder, eran falsos, no existían.

Después de diez años de corroborar la falsedad de su antigua fe, los indígenas se encuentran con Santa María de Guadalupe, y Ella los libera del vacío y la desesperación. Descubren que son hijos de la que es Madre del verdadero Dios por quien se vive; por tanto, que están llamados a una vida superior y mucho mejor que la que conocían. Descubren que ellos y todos en aquella tierra, nativos o españoles, han de ser un solo pueblo; de ahí que la Guadalupana es una mestiza. Y, lo mejor de todo, ¡descubren que son verdaderamente amados por Dios!

Redacción

  • En 1751 Benedicto XIV, al recibir una copia de la imagen de la Virgen de Guadalupe, pronunció las palabras del Salmo 147 refiriéndolas a estas tierras: «Non fecit taliter omni nationi», que significan «No ha hecho cosa igual con ninguna nación».
  • El sábado 27 de enero de 1979, Juan Pablo II oró en la Basílica de Guadalupe: «¡Salve, María! … Te ofrecemos todos estos hijos de Dios, la Iglesia de México y de todo el Continente; te lo ofrecemos como propiedad tuya… ¡Quédate ahora y siempre en nuestros hogares, en nuestras parroquias, misiones, diócesis y en todos nuestros pueblos!».

TEMA DE LA SEMANA: HACIA EL QUINTO CENTENARIO DEL ACONTECIMIENTO GUADALUPANO

Publicado en la edición impresa de El Observador del 9 de diciembre de 2018 No.1222