Monseñor Franco Coppola, nuncio apostólico en México, al participar por primera vez en un Ultreya, celebrado recientemente en Querétaro y que fue de alcance nacional para los integrantes del Movimiento Cursillos de Cristiandad, comentó para El Observador cuál considera que es la situación espiritual en el país, y cuáles los retos

Por Chucho Picón

Monseñor, ¿cómo considera que pueden ayudar los Cursillos de Cristiandad a México?

▶ Pueden ayudar muchísimo. En una de las conferencias se explicó el papel evangelizador de los cursillistas. La dimensión evangelizadora es algo que concierne a toda la Iglesia, en todo el mundo.

Para el caso de México, este país está muy bien en cuanto a celebración, está muy bien en cuanto a culto a Dios; pero le falta mucho en evangelización, en apostolicidad, en llegar a los lejanos.

Se dice que hay más de 80% de mexicanos que se sienten católicos, ¿pero cuántos participan efectivamente en la vida de la Iglesia: en la Misa y todas las actividades? Es una pequeña parte.

Falta atención a esta gran parte de la gente que se siente católica pero no recibe nada y no pide nada a la Iglesia. Esta es la dimensión de la evangelización y la apostolicidad, y hay que desarrollarla mucho.

Usted, como nuncio apostólico, ha mencionado en diversas ocasiones que México es un país de contrastes; por un lado, mucha violencia y mucho aborto y, por otro lado, muchas manifestaciones de fe. ¿Tal vez hace falta coherencia?

▶ No es que falte coherencia; lo que sucede es que México es un país muy grande, y hay cupo para todos. Por ejemplo, los diez mil participantes del Ultreya no van a hacer violencia o abortos; y hay que estar contentos por estos diez mil, pero los mexicanos son 120 millones. ¿Dónde están los otros 119 millones y pico?

Es muy fácil sentirse contentos porque los templos se llenan, pero nos olvidamos de los que no van a los templos. ¡Eso nos falta! No estamos poniendo en práctica lo que el Señor nos enseñó en el evangelio del Buen Pastor: el Buen Pastor es el que deja las 99 ovejas en el redil para ir a buscar la oveja que se le perdió. Nosotros estamos muy ocupados con las que están en el redil y que nos piden Misas, Confesiones, cosas muy buenas, pero agotan todo nuestro tiempo. Como sacerdotes, como laicos comprometidos y como obispos gastamos todo nuestro tiempo de esta manera, y no vamos a buscar a la oveja que se perdió.

Esto es lo que nos falta; y eso sin contar que la proporción ya no es ésa: no es que 99 estén en el redil y que una sola se perdió, sino que hoy estamos alrededor de la única oveja en el redil y nos hemos olvidado de las 99 que se han perdido afuera.

¡Es el reto que tenemos como Iglesia!, acordarnos de las demás que se sienten católicos. No se trata de ir a buscar a otros, de ir a evangelizar o de hacer proselitismo con los demás, ¡no, no!, sino a los que se sienten católicos pero no los hemos incluido en nuestra vida de Iglesia.

A veces pareciera que nuestra vida se hunde en las tristezas, la falta de trabajo, las deudas, las enfermedades, etc., ¿pero no es una oportunidad para que empecemos a pintar «de colores» nuestra vida?

▶ Lo decía una cursillista de Monterrey que nos dio su testimonio: es fácil ser «de colores» aquí, en el Ultreya, donde todos estamos muy contentos, muy felices, casi como de vacaciones, acogidos por los hermanos de Querétaro; ¡todo va muy bien!

La cosa que perturba a la gente es cuando uno está «de colores» en el sufrimiento, en el dolor, en la dificultad. Ella llamó la atención de los demás porque soportaba el problema del cáncer y no se deprimía ni se dejaba ir. En la Misa por la fiesta de Cristo Rey la Iglesia no nos propone un Cristo triunfante. Fue reconocido como Rey cuando estaba amarrado delante de Poncio Pilato; y de hecho fue cuando estaba en la cruz y acababa de morir cuando el centurión romano reconoce que Aquel condenado a muerte, que murió de esa manera, «en verdad era el Hijo de Dios». Es en las situaciones de dificultad donde se ve si uno está «de colores» en verdad. Es cuando se ve qué hay realmente dentro de nuestro corazón.

Monseñor, ¿qué consejo nos da para que podamos hacer de nuestra vida una «vida de colores»?

▶ El reto es transmitir a la nueva generación lo que los mexicanos ya viven. Porque los mexicanos viven una vida muy difícil, y son «de colores»; no es un pueblo triste, no es un pueblo deprimido, ¡para nada! Están más deprimidos los gringos que viven mejor que los mexicanos.

Creo que la gran preocupación para todos los padres de familia es cómo transmitir esta fuerza que tienen en su corazón los mexicanos a los hijos, a los jóvenes, y no es algo que se esté alcanzando; porque, de momento, se ve que los jóvenes no están, no se ven. No se llega a incluirlos, a interesarlos, a transmitirles esto. A algunos sí, pero son muy pocos, sobre todo si uno piensa que la mitad de los mexicanos son jóvenes, ¡la mitad! Y eso significa que en nuestros templos tendría que haber la mitad de gente joven; y no es así, no es así. Es un reto, es el gran reto.

Entonces los mexicanos ya saben cómo guardar «colores» en la dificultad; pero tienen que encontrar la manera de transmitirlo a sus hijos, a los jóvenes. ¡Ese el reto que tenemos delante todos!

Publicado en la edición impresa de El Observador del 2 de diciembre de 2018 No.1221