Un obispo habla ante los sicarios y narcotraficantes más violentos de Guerrero para salvar la vida de políticos, sacerdotes y secuestrados, a fin de que no sean ejecutados.

Monseñor Salvador Rangel, obispo de Chilpancingo, Guerrero, comparte al micrófono de El Observador su testimonio y misión de tratar de pacificar un territorio marcado por la sangre, masacres y la violencia, en la sierra y montaña de Guerrero.

Por Chucho Picon

Monseñor Salvador Rangel recuerda todavía el polvo que levanta el helicóptero al despegar con destino a la sierra y la montaña de Guerrero, al territorio de los cárteles más violentos y sangrientos, que han desplazado a pueblos y comunidades enteras, y donde han masacrado a familias completas por las pugnas y odios que les envenenan el alma, por el cultivo y trasiego de la droga.

EN LO ALTO DE LA MONTAÑA

Recuerda el sobrevuelo del helicóptero sobre los plantíos de amapola, una belleza indescriptible desde lo alto, pero una tierra abonada y bañada por la sangre, por el conflicto de la guerra entre el narco, las pseudo autodefensas y el gobierno. Recuerda el ruido del motor y un silbido característico de los helicópteros del ala rotativa y de la turbina, un sonido penetrante que se mezcla entre sus plegarias silenciosas, al tiempo de ir recordando el discurso que diría ante los más violentos capos de la droga.

A la mente se le viene, inspirado, cuál es su misión sacerdotal y pastoral: anunciar el Evangelio, celebrar los sacramentos, ayudar a la carne de Cristo herida y lastimada por la violencia. Recuerda también su reto de trabajar en lo espiritual y social de los seres humanos.

Ahí, en lo más alto de la montaña, de nuevo regresa a la realidad ante el suave aterrizaje, y a la vista de los sicarios con sus característicos «cuernos de chivo», pero con cierta luz y paz en sus ojos al ver al fraile, al ver al prelado, al pastor; una paz en sus rostros se refleja ante el obispo de Dios.

«Yo no los vengo a juzgar, vengo a servirlos, vengo a ser su amigo, no a criticarlos», son unas de sus primeras palabras ante ellos, según nos cuenta monseñor Salvador Rangel.

UN ESTADO EN MANOS DEL NARCO

El obispo reconoce tristemente que todo el estado de Guerrero está en manos del narcotráfico. Más de 28 grupos o cárteles se pelean despedazándose a fin de controlar cada espacio, cada metro, cada territorio y comunidad de este estado, que en su mayoría tiene a la montaña y a la sierra como un bastión, un fuerte natural, donde pocas veces entra el ejército por lo agreste y difícil del terreno, pero donde la miseria de la población y la extrema pobreza han propiciado que encuentren en el cultivo de la amapola una forma para poder sobrevivir. Esta gente ha sido primero olvidada por el gobierno, y la han ido matando de hambre poco a poco; pero el narcotráfico también la mata por el conflicto sangriento.

EL DIÁLOGO QUE SALVA VIDAS

Por eso no quedaba de otra: hablar con los capos e implorar ante ellos un poco de misericordia, un poco de paz. Monseñor Rangel recuerda cómo, gracias a esos encuentros con los líderes de los cárteles, ha podido alcanzar de ellos que le concedan no ejecutar a políticos, sacerdotes y secuestrados; cómo poco a poco, en esos encuentros donde él lleva la Palabra de Dios y sus sacramentos como instrumento de paz, ha podido también traer una tregua entre algunos grupos del narco, una paz temporal, una aspirina que no alcanza, pero que alivia a una sociedad desesperada.

Muchos se preguntan cómo monseñor Salvador Rangel no ha sido agredido por los capos, y tal vez la respuesta está en el trato que él les ofrece. Él comenta que ve en ellos primero a hijos de Dios, a seres humanos; él no los ve como sicarios, asesinos, pues reconoce en sus ojos que son personas heridas y lastimadas, son víctimas de un sistema atroz, son víctimas de la violencia que han heredado desde sus padres, de generación en generación; ha descubierto cómo en los capos hay heridas muy fuertes y profundas, al haberles asesinado a sus esposas, hijos y papás de la forma más despiadada, y esto ha originado una cadena y un ciclo que no tiene fin. Son víctimas de la violencia, de la miseria y la pobreza extrema.

«Yo siempre he dicho que hay que mirarnos a los ojos y descubrir quién es el otro, ver lo positivo de cada uno. Yo también he dicho que en cada persona existe una rendijita de bondad, y es donde podemos tocar a la persona, porque todo ser humano ni es totalmente malo ni totalmente bueno. Yo he creído siempre que todos merecemos una segunda oportunidad. Los sicarios, los capos, los narcos, son tan malos como nosotros podemos ser, y pueder ser tan buenos como nosotros podemos ser».

PERSECUCIÓN POLÍTICA

Monseñor no se detiene ni su fe se apaga, a pesar de que ahora enfrenta una persecución política, según nos cuenta: el gobierno de Guerrero lo acusa de acordar y reunirse con los capos para recibir beneficios, beneficios que directamente han sido para los más necesitados y para las comunidades, para las familias que sufren por el conflicto de la guerra entre el narco. No lo preocupa esto, ni le quita el sueño esta denuncia; él sabe que trabaja para Dios y para su pueblo herido y lastimado.

La Navidad se asoma también en la montaña y en la sierra de Guerrero. Él ha venido pidiendo y acordando desde tiempo atrás entre los capos una tregua por las fiestas de Navidad, por el nacimiento de Jesús. Todo marchaba bien, ya todo estaba apalabrado entre los capos para que en estas fechas de fin de año la paz llegara; pero hace unas semanas se rompió el acuerdo por unas pseudo policías comunitarias, que han invadido una franja de la sierra y de la montaña; unos tres mil hombres han desatado la guerra de nuevo y así, entre la metralla y las esquirlas, esperarán lamentablemente el nacimiento del Niño Dios y un nuevo año. Así es Guerrero, así es México: un conflicto que no tiene fin.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 30 de diciembre de 2018 No.1225