Por Luis Antonio Hernández

La política es una de las formas más elevadas de la caridad porque sirve al bien común, expresó el Papa Pío XII. En la actualidad, al igual que en su momento lo hicieron sus antecesores, este concepto ha sido utilizado por Francisco.

La política es, ante todo, servicio, ha reiterado en diversas ocasiones: «no es sierva de ambiciones individuales», «tampoco patrona que pretende regir todas las dimensiones de la vida de las personas, convirtiéndose en autocracia y autoritarismo».

La referencia de esta actividad, nos recuerda su Santidad, es el Bien Común, es decir debe contribuir a garantizar el conjunto de condiciones que hacen posible la vida en sociedad, permitiendo el crecimiento de la persona, la familia y el desarrollo de las organizaciones sociales.

Al menos para México 2018 es un año que deja grandes lecciones, que deben traducirse en aprendizajes del ejercicio político y la democracia.

Después de un proceso electoral donde el 33% de los potenciales electores, aproximadamente 30 millones de personas, decidieron por un gobierno diferente, han surgido voces que interpretan esa mayoría «parcial», como una expresión de uniformidad nacional. Existen quienes identifican la decisión de ese tercio de la población con la voluntad del pueblo, exteriorizada por un solo intérprete.

Circunstancia que incrementa el riesgo de que se utilice esta representación como un talismán para la toma de decisiones sin diálogo, ignorando los procedimientos históricos y las instituciones forjadas a lo largo de nuestra historia patria.

De acuerdo con la doctrina cristiana, una sociedad es auténticamente democrática cuando se encuentra fundada sobre un estado legítimamente constituido, dónde la constitución y las leyes se encuentran por encima del capricho de los hombres; en la cual existe una concepción clara de la dignidad de la persona humana y una efectiva tutela de sus derechos, así como una visión coherente del bien común.

2019 representa para los laicos católicos una oportunidad para establecer una nueva conversación nacional, encaminada a modificar el tono encolerizado y de revancha que existe en el actual «no-diálogo» de la nación.

Para ello los ciudadanos de buena voluntad debemos esforzarnos por abrir camino al Evangelio en la vida política de nuestro país, por reconciliar y transformar a la sociedad.

Recordando a nuestros gobernantes que la política y la democracia se ejercen de manera dialógica, respetando, conversando, creando consensos y compromisos comunes.

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Publicado en la edición impresa de El Observador del 30 de diciembre de 2018 No.1225