Este año se cumplen 800 años del encuentro de san Francisco de Asís con el sultán de Egipto, Al-Kamil (Melek-el-Kamel). Probablemente el santo aprovechó la tregua que tuvo lugar entre cruzados y musulmanes desde finales de agosto hasta septiembre de 1219.

Las Florecillas, pequeño libro de finales del siglo XIII, que recopila episodios de la vida de san Francisco de Asís y de sus primeros frailes, recoge lo siguiente de la misión que emprendió el santo en Medio Oriente:

«San Francisco, impulsado por el celo de la fe de Cristo y por el deseo del martirio, pasó una vez al otro lado del mar con doce compañeros suyos muy santos con intención de ir derechamente al sultán de Babilonia.

«Llegaron a un país de sarracenos, donde los pasos fronterizos estaban guardados por hombres tan crueles, que ningún cristiano que se aventurase a atravesarlos podría salir con vida; pero plugo a Dios que no murieran, sino que fueran presos, apaleados y atados, y luego conducidos a la presencia del sultán. Delante de él, San Francisco, bajo la guía del Espíritu Santo, predicó tan divinamente la fe de Jesucristo, que para demostrarla se ofreció a entrar en el fuego.

«El sultán le cobró gran devoción debido a esa su constancia en la fe y al desprecio del mundo que observaba en él, pues, siendo pobrísimo, no quería aceptar regalo ninguno, como también por el anhelo del martirio que mostraba.

«Desde entonces, el sultán le escuchaba con agrado, le rogó que volviese a verle con frecuencia y le concedió a él y a sus compañeros que pudiesen predicar libremente donde quisieran. Y les dio una contraseña a fin de que no fuesen molestados de nadie.

«Obtenido este salvoconducto, envió san Francisco de dos en dos a sus compañeros a diversas regiones de los sarracenos a predicar la fe de Cristo; y él, con uno de ellos, se encaminó al país que había elegido (…).

«Finalmente, viendo san Francisco que no era posible lograr mayor fruto en aquellas tierras, determinó, por divina inspiración, volver con todos sus compañeros a tierra de cristianos; los reunió a todos y fue a despedirse del sultán.

«Entonces le dijo el sultán: ‘Hermano Francisco, yo me convertiría de buena gana a la fe de Cristo, pero temo hacerlo ahora, porque, si éstos llegaran a saberlo, me matarían a mí y te matarían a ti con todos tus compañeros. Tú puedes hacer todavía mucho bien y yo tengo que resolver asuntos de gran importancia; no quiero, pues, ser causa ni de tu muerte ni de la mía. Pero enséñame cómo puedo salvarme; yo estoy dispuesto a hacer lo que tú me digas’.

«Díjole entonces san Francisco: ‘Señor, yo tengo que dejarte ahora; pero, una vez que esté de vuelta en mi país y haya ido al Cielo, con el favor de Dios, después de mi muerte, si fuere voluntad de Dios, te mandaré a dos de mis hermanos, de mano de los cuales tú recibirás el Bautismo de Cristo y te salvarás, como me lo ha revelado mi Señor Jesucristo. Tú, entre tanto, vete liberándo de todo impedimento, para que, cuando llegue a ti la Gracia de Dios, te encuentre dispuesto a la fe y a la devoción’.

«El sultán prometió hacerlo así y lo cumplió.

«Después de esto, emprendió[el santo] el viaje de vuelta con aquel venerable colegio de sus santos compañeros. A los pocos años, san Francisco entregó su alma a Dios por muerte corporal. El sultán, que había caído enfermo, esperaba el cumplimiento de la promesa de san Francisco, e hizo colocar guardias en ciertos puntos con el encargo de que, si aparecían dos hermanos con el hábito de san Francisco, fuesen al punto conducidos a su presencia.

«Por el mismo tiempo se apareció san Francisco a dos hermanos y les ordenó que, sin perder tiempo, marchasen al sultán y procurasen su salvación, como él se lo había prometido.

«Aquellos hermanos pasaron en seguida el mar y fueron conducidos por los guardias a la presencia del sultán. Al verlos éste, se llenó de alegría y les dijo:

«‘Ahora sé verdaderamente que Dios me ha enviado a sus siervos para mi salvación, conforme a la promesa que me hizo san Francisco por revelación divina’.

«Recibió, pues, de aquellos hermanos la enseñanza de la fe de Cristo y el santo bautismo; y, regenerado así en Cristo, murió de aquella enfermedad y su alma fue salva por las oraciones y los méritos de san Francisco.

«En alabanza de Cristo. Amén».

TEMA DE LA SEMANA: OCHO SIGLOS DEL ENCUENTRO DE SAN FRANCISCO CON EL SULTÁN

Publicado en la edición impresa de El Observador del 27 de enero de 2019 No.1229