Por José Francisco González González, obispo de Campeche

Hay dos narraciones de las Bienaventuranzas. Una versión, la conocemos por el evangelista Mateo (5) y la otra, por San Lucas (6,17.20-26).

Las Bienaventuranzas nos ofrecen una síntesis de nuestras responsabilidades ante Dios y ante nuestro prójimo. El vivirlas nos llevan detrás de Jesús, en un auténtico discipulado, y ese es el camino real hacia la madurez y la libertad espiritual.

Algunos ‘pensadores’ predican que el cristianismo es detestable, porque es débil. Las Bienaventuranzas son la paradoja de la debilidad. Allí se proclama que son bienaventurados los pobres, los mansos, los misericordiosos, los que lloran, los hambrientos, los sedientos, los perseguidos.

Antes de Jesús nadie había hecho semejantes afirmaciones, tan paradójicas. Sólo las va a entender quien las vive y las practica. Por eso, para muchos estilos de vida, las Bienaventuranzas parecen utópicas, irrealizables.

EXTRAÑAS PALABRAS

Las palabras de Jesús son extrañas. Es, ciertamente, raro que Cristo exalte a quienes el mundo considera débiles. Parece que dice: bienaventurados los perdedores, los fracasados, los que no valen, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Estas palabras, pronunciadas por Él, que es «manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29), plantean un desafío que exige una profunda y constante conversión (metánoia) del espíritu, un gran cambio del corazón.

En efecto, en nuestra experiencia cotidiana, más bien escuchamos: Bienaventurados son los orgullosos, los violentos, los que prosperan a toda costa, los que no tienen escrúpulos, los crueles, los inmorales, los que hacen la guerra, los que persiguen a los pacíficos y los que usan de los otros para escalar peldaños en su arribismo social, económico, político o religioso. Parece cierto que los más triunfadores son los más transas.

JESÚS ENCARNA LAS BIENAVENTURANZAS

Jesús presenta un mensaje diferente. El ser humano tiene que elegir: entre lo que Cristo propone y lo que el mundo (entendido como contrario a Dios) presenta. Es hacer, en otras palabras, una elección entre el bien y el mal; entre la vida y la muerte. Adelantándonos, podemos señalar que confiar en Jesús significa creer en lo que Él nos dice, aún y cuando pueda parecer raro y rechazar las seducciones del mal, aunque resulten deseables o atractivas.

Cabe decir que Jesús no sólo proclama las Bienaventuranzas o estas dichas, sino que Él las vive. Jesús es la encarnación misma de las Bienaventuranzas. Por eso, no se le puede contradecir cuando invita vocacionalmente con autoridad: ¡Ven y sígueme! Eso también puede entenderse como: ¡Haz lo que Yo hago!

Pero, como los primeros discípulos en el mar de Galilea, estamos llamados a dejar nuestras barcas y nuestras redes; nuestras preocupaciones diarias. Esto no es fácil. Para vivir las Bienaventuranzas no estamos solos. Jesús nos acompaña en este grande reto y desafío. Está siempre con nosotros para transformar nuestra debilidad en fuerza. Así lo dijo a Pablo: «Mi gracia te basta, pues mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza» (2 Co 12, 9).

Pedro aceptó que no hay otro Camino. Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida. Por eso, cuando descubrió este significado, el apóstol Pedro señaló con firmeza: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 68). El pescador de Galilea descubrió que las palabras de vida eterna son las palabras de las Bienaventuranzas. Este es el mensaje que él y sus compañeros apóstoles difundieron por todo el mundo. Por eso, digamos con el salmista: ¡Dichoso el hombre que confía en el Señor!