Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

La hora es una medida del cronómetro que marca el ritmo del cotidiano vivir. Nosotros la descomponemos en minutos y segundos o la multiplicamos en días, años y hasta siglos. A toda esta «realidad» llamamos tiempo, y a la parte que nos toca le llamamos ilusoriamente «nuestro tiempo». Decimos con orgullo: tengo tiempo o no tengo tiempo. Nos lo apropiamos o lo negamos según nuestra conveniencia o placer. No tengo tiempo es la más falaz de las excusas para eludir responsabilidad o negar solidaridad. Siempre se tiene tiempo para lo que se ama o interesa.

En realidad, lo que del tiempo nos pertenece es muy poco y los pensadores se devanan los sesos tratando de definirlo o explicarlo. Pero lo obvio es que sólo disponemos del minuto presente, en el que vivimos y somos.

En un instante desaparece. El minuto anterior sólo existe en nuestra memoria, es pasado, y el que viene aún no nos pertenece, es futuro.

Pero todos, sin excepción alguna, tenemos un espacio de tiempo seguro, que nadie nos puede disputar: el momento final de nuestra vida. Nada más cierto que ese momento, aunque todavía no sea localizable en el calendario. A ese instante llamamos con propiedad la «hora de la verdad», porque la existencia del hombre se define ante Dios, y esa será su verdad para siempre. Es gran imprudencia alabar al mortal mientras vive y levantarle monumentos que suelen ser derribados.

De todo esto no queremos saber, sea por distracción, por conveniencia, o por cobardía. No tengo tiempo para pensar, decimos. Mucho menos en la muerte, sin darnos cuenta que, al eludir su pensamiento, eludimos también nuestra responsabilidad y nuestra misma realidad.

Porque la verdad es que no somos eternos. Pensar que somos mortales nos hace ser realistas y despojarnos de nuestra ilusión. A los medievales se les acusa de ser pesimistas, de pensar demasiado en la muerte, como lo demuestran sus escritos, el teatro y sus rituales. Quizá exageraron, pero de que tenían razón la tenían, porque a la luz de la muerte se descubre lo maravilloso que es la vida.

Lo demás es autoengaño, porque cuando eludimos el pensamiento de la muerte, lo que buscamos es evitarla: queremos vivir. Pero nos pasa como al futbolista que quiere eludir la defensa para meter gol, pero al final le meten zancadilla.

Buscamos vivir, buscamos la felicidad, buscamos la supervivencia, pero por caminos torcidos que llevan al despeñadero. Como los cristianos hemos perdido no sólo el sentido verdadero de la muerte, sino la conciencia de nuestra mortalidad, de ella se han apropiado los enemigos de la vida, quienes están asfixiando la realidad con el culto demoníaco a la muerte y sembrando la patria de cadáveres.

Quizá esta luz opaca que emerge del dolor de la muerte violenta sea una señal que nos llama a reflexionar sobre el sentido cristiano de la vida y de su destino final. Jesús solía hablar de «su hora». Era consciente de la época en que vivía, era hombre de su tiempo, pero sabía que el tiempo es de Dios, del Padre, que suya era sólo su hora, la hora de su muerte.

La hora de padecerla y vencerla mediante la resurrección. Con razón Jesús llamó «insensato» al que mandó construir graneros para sus cosechas, pero olvidó que esa noche iba a morir. La realidad de la muerte como puerta a la vida es la única verdad que nos puede hacer volver a la sensatez. Los cristianos, gracias al misterio de Cristo muerto y resucitado, tenemos acceso a este misterio.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 17 de febrero de 2019 No.1232