Por Tomás de Híjar Ornelas, Pbro.

A pecado nuevo, penitencia nueva

Miguel de Cervantes

Los desafíos que afrontarán los presidentes episcopales del mundo en la reunión convocada por el Papa Francisco con el tema de la protección de los menores y de los adultos vulnerables, implica, en la estrategia del Obispo de Roma, la apertura del camino de la sinodalidad frente al problema agudo del clericalismo.

Es la primera vez en la historia de la Iglesia en la que un tema de disciplina amerita un llamado tan enérgico, pero también la aurora de un camino que si no se abandona, restaurará el de la comunión y de la participación.

En el problema de los abusos se ha puesto en primer plano el dolor de las víctimas, el procedimiento a aplicarse ante las denuncias y la seguridad de la que deben gozar los niños y los jóvenes bajo la tutela del clero.

Tutelar a las víctimas respetando la verdad y las personas implicadas, pide Francisco; exige la abolición absoluta de la estrategia del encubrimiento, que a su vez exige un cambio de mentalidad y de energía para quienes ejercen autoridad en las instituciones eclesiásticas, en primer lugar los obispos.

El camino de la conversión propuesto pide compartir el sufrimiento de quienes fueron agredidos. Es el tiempo, reconoció el Papa en su discurso a la Curia Romana hace pocas semanas, «de transformar los errores cometidos en oportunidades para erradicar» la peste de los abusos «no sólo del cuerpo de la Iglesia, sino también de la sociedad».

En ese tenor, aquí sugerimos tres metas: respetar el tránsito necesario para desactivar el clericalismo en las diócesis del mundo involucrando al presbiterio y a las familias en cada Iglesia particular en el proceso de selección de los aspirantes al estado eclesiástico; reconocer la debilidad que tiene hasta el presente la educación en la madurez afectiva de estos aspirantes y darle cauce a la legitimidad que pueda tener la admisión a las órdenes sagradas de varones casados que no dependan económicamente de las parroquias ni de su administración.

De lo primero se pueden tomar acciones enérgicas e inmediatas, que suponen analizar hasta qué punto en los años previos a esta nueva estrategia se han infiltrado entre los miembros del clero perfiles no idóneos para mantenerse en él.

De lo segundo, tomar muy en serio y en cuenta las directrices mínimas para fortalecer la pastoral vocacional más en adultos maduros que en niños y adolescentes.

Lo último aquí propuesto podría debatirse incluso en un sínodo episcopal, siempre y cuando se tenga el valor para no confundir la disciplina y el don que es y seguirá siendo, como parte de los consejos evangélicos, el celibato, y las opciones en las que sí puede vivirse la castidad y la continencia en este camino.

Un tema, si no directamente relacionado con lo expuesto, sí colateral a él, es la participación de la mujer en el ámbito eclesial, que apenas se asoma y de forma débil en el camino que ahora se ha de transitar para darle a la comunidad eclesial lo que ésta tuvo desde los tiempos apostólicos, no obstante las limitaciones culturales, profundamente machistas de entonces.

Esperemos, confiados, en que la decisión del Obispo de Roma de reunirse con los delegados de todas las Iglesias particulares del mundo abra de una vez por todas lo que el dique de la represión acumuló, para mal, en nuestras comunidades, y que tan dolorosa experiencia cure y cauterice los estropicios que se ocultaron durante tanto tiempo bajo la especiosa excusa de evitar el escándalo.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 17 de febrero de 2019 No.1232